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Por Yoyo Malagón ()
Manchester.- ¡Madre mía, qué noche, señores! Vamos a ver, que alguien me dé un respirador, una tila y un par de cojines porque todavía estoy temblando. El Madrid, ese equipo que tiene más vidas que un gato de las siete y media, se ha ido al Etihad Stadium, esa cárcel de cemento donde el City suele jugar al fútbol con el mando a distancia, y ha vuelto a dar un golpe sobre la mesa. Ganaron por 1-2, pero ojo, que ese resultado, con el 3-0 de la ida, sabe a gloria bendita y a pase a cuartos con un global de 5-1 que es para enmarcar y colgar en el Prado. Los de Arbeloa, que no será el más mediático pero tiene más picardía que un niño en una tienda de chuches, salieron al verde con la lección bien aprendida.
A los 22 minutos, cuando aún estábamos colocando las palomitas en la boca, llegó el primer zarpazo. Vinícius, que tenía más hambre que un lobo en invierno, se fue de medio City, le pegó al palo y Bernardo Silva, en un alarde de desesperación, paró el balón con la mano en la misma línea. ¡Qué mano, por favor! Más clara no podía ser. El árbitro, Turpin, que ese día no se dejó el VAR en el bolsillo, señaló penalti y, para nota, le enseñó la roja directa al portugués. Once metros después, Vini la puso donde Donnarumma no llegaba ni con la moto, y el Madrid ya mandaba en Mánchester. Uno más en el campo y un global de 0-4. La cosa pintaba como para sacar la mantita y dormirse, pero ya sabemos que esto es el Madrid y nunca, nunca, se puede uno confiar.
Porque en esto del fútbol, como en las bodas, siempre hay algún cuñao que te la lía. Y el cuñao esta vez fue Haaland, que, en una acción extraña de esas que pasan cuando menos te lo esperas, aprovechó un pase de Doku para, a placer, poner el empate en el marcador local justo antes del descanso (minuto 41). Pero ahí no acabó el drama. Courtois, que hasta entonces había sido un colchón enorme bajo palos, se fue al vestuario con unas molestias y dijo: «hasta aquí, chavales». En su lugar salió Lunin, con más frío que un nevera en Groenlandia, y con la responsabilidad de parar a un City que, aunque con uno menos, se había conjurado para intentar la machada. Vamos, que la segunda parte se presentaba más tensa que la cuerda de un tiovivo.
Y vaya si lo fue. El City, con la fe del carbonero y la desesperación del que sabe que tiene poco que perder, se volcó al ataque. Lunin, bendito sea, sacó una mano salvadora a Haaland nada más empezar, y los de Guardiola empezaron a llegar, a llegar, pero sin acierto. Parecía que el Madrid, con la superioridad numérica, iba a sufrir más de la cuenta, y vaya si sufrimos. El partido se convirtió en un correcalles, con los blancos defendiendo con uñas y dientes y los ingleses buscando ese gol que les diera esperanza. Pero como dijo aquel, de aquellos polvos vienen estos lodos, y cuando más sufrías, apareció el de siempre, el que nunca se esconde.
En el descuento, con el crono ya echando humo y el corazón a punto de salir por la boca, llegó la sentencia. Otra vez Vinícius, que esa noche decidió que el baile lo pagaban ellos. Recibió un balón en el área, lo durmió como si fuera un niño, y con la sangre más fría que un polo de limón, fusiló a Donnarumma para poner el 1-2 definitivo. Era el minuto 92, el gol de la tranquilidad, el que certificaba una victoria histórica en un campo imposible. El Madrid, una vez más, se había levantado cuando todo invitaba a la siesta y, con la entereza de los grandes, había asegurado su billete para seguir soñando con la decimosexta.
Y ahora, prepárense, que lo que viene no es moco de pavo. Tras esta gesta, el rival en cuartos de final será el Bayern de Múnich. Sí, señores, el gigante alemán, ese equipo que tiene más músculo que un culturista y que viene de meterle un 6-1 al Atalanta. Los bávaros, que ya saben lo que es sufrir al Madrid, esperan con las orejas tiesas. Pero con este equipo, que se crece en la adversidad y que en Europa es el puto amo, yo no me atrevo a decir que algo sea imposible. Será otro partidazo, otro clásico del fútbol continental. Mientras tanto, nosotros, los madridistas, a seguir disfrutando y, sobre todo, a seguir sufriendo, que de eso se alimenta esta afición.