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El hombre que dijo ser lobo

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Alemania, 1589. En Bedburg, el miedo tenía garras. Personas desaparecían. El ganado aparecía destrozado. El bosque parecía esconder algo más que sombras. Cuando arrestaron a Peter Stubbe, la confesión llegó bajo tortura: aseguró que poseía un cinturón que lo transformaba en lobo y que actuaba movido por una fuerza que ya no era humana.

En una Europa marcada por superstición y terror colectivo, esa declaración fue suficiente. Fue ejecutado públicamente, en un castigo diseñado para aplastar el miedo… o alimentarlo.

Durante siglos, su historia fue contada como la del “Hombre Lobo de Bedburg”.

Pero hoy, con distancia histórica, surgen otras lecturas. ¿Fue simplemente un caso amplificado por la histeria de la época? ¿Un crimen reinterpretado a través del miedo religioso? ¿O un hombre cuya identidad y percepción de sí mismo eran tan complejas que la sociedad no tenía lenguaje para entenderlas?

Algunos han sugerido que podría tratarse de uno de los primeros casos documentados de lo que hoy se conoce como therianthropía psicológica: personas que experimentan una identificación profunda con un animal, no como mito literal, sino como vivencia interna.

En el siglo XVI no existía esa categoría. Solo existían brujas. Demonios. Lobos.

Tal vez Peter Stubbe fue un asesino convertido en leyenda. Tal vez fue víctima de una época que necesitaba monstruos. Lo inquietante no es solo la criatura que dijeron ver. Es cómo, cuando no entendemos algo, preferimos llamarlo bestia antes que intentar comprenderlo.

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