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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- «Mi sobrino se va». La frase, dicha con esa mezcla de resignación y tristeza que ya es marca registrada del diálogo cubano, podría repetirse millones de veces en estos días. «Para Brasil». El destino ya no es Miami, no es Madrid, no es Moscú. Brasil.
¿Brasil? Sí, Brasil. Porque cuando las puertas se cierran, los cubanos —expertos en encontrar rendijas— buscan otras ventanas. Y en este 2026, el mapa migratorio se ha reconfigurado con la crudeza de los hechos consumados: Estados Unidos deporta, España exige visado y Rusia, ese hermano mayor que prometía petróleo, ha cerrado sus fronteras a quienes buscan refugio. La isla se queda sin opciones.
El sobrino que se va no es una excepción, es la regla. Los jóvenes no aguantan más, dicen en la conversación. Y no es una exageración. Cuba está muerta, al menos para ellos, para los que tienen 20, 30 años y no ven futuro en un país donde la economía lleva décadas decreciendo y la esperanza es un artículo de lujo. El censo de 2025 lo confirma: más de 60.000 cubanos viven hoy en Brasil, la tercera comunidad cubana más grande del mundo después de España y Estados Unidos. En los últimos años, Brasil ha recibido a más de 30.000 cubanos, muchos de ellos jóvenes que han convertido ciudades como Curitiba, Florianópolis o São Paulo en su nuevo hogar.
¿Por qué Brasil? La respuesta es un mapa de exclusiones. Estados Unidos, durante décadas el destino soñado, se ha convertido en una fortaleza inexpugnable. La política migratoria de la administración Trump es clara: deportaciones masivas y fronteras selladas. España, el otro gran imán para los cubanos, exige ahora visados que la mayoría no puede obtener. Y Rusia, ese aliado histórico que tanto blande su amistad en los discursos de Lavrov y Putin, ha cerrado sus puertas a los ciudadanos cubanos que buscan emigrar . La retórica de solidaridad se esfuma cuando se trata de abrir fronteras. El cerco se cierra.
Pero llegar a Brasil no es sencillo. La ruta elegida es la «Rota das Guianas», un corredor que habla de la desesperación y la creatividad de los migrantes. Los cubanos vuelan primero a Georgetown, la capital de Guyana, un país que no exige visado. Desde allí, cruzando la frontera por tierra, entran a Brasil por la ciudad de Lethem, en el estado de Roraima. Es un viaje de miles de kilómetros, lleno de incertidumbre, que muchos hacen guiados por redes de traficantes de personas que han encontrado en esta ruta un negocio millonario.
La Operación Malecón, que la policía brasileña desmanteló hace apenas unas semanas en Boa Vista, reveló la crudeza de este fenómeno. Los investigadores encontraron un «hostal clandestino» con más de 30 camas donde los migrantes eran alojados mientras esperaban continuar viaje hacia ciudades como Manaos, Curitiba o Brasilia. Al menos 200 cubanos fueron trasladados por una sola célula de esta red desde noviembre de 2025. Algunos pagaron en dólares por pasajes aéreos que resultaron ser emitidos con millas robadas, quedándose sin dinero y sin boleto, atrapados en tierra extranjera.
Mientras tanto, en Cuba, la conversación sigue su curso. «Me quedo sola con mis padres y mi cuñada… Y eso me duele». El dolor no es solo por la separación, sino por la certeza de que el país se vacía de jóvenes, de futuro, de esperanza. Los que se van no huyen por capricho, huyen porque el presente es insostenible y el futuro no existe. Y Brasil, ese gigante del sur que hasta hace poco era solo samba y fútbol, se ha convertido en el refugio posible cuando todos los demás se cerraron. El mapa migratorio cubano ya no pasa por el norte, pasa por la selva amazónica. Y eso, más que un cambio de ruta, es una sentencia sobre lo que Cuba ha llegado a ser.