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Por Jorge L. Léon
Houston.- La visita de Barack Obama a Cuba en marzo de 2016 fue presentada como un hito histórico, la apertura de un nuevo capítulo entre Estados Unidos y una isla que por más de medio siglo ha vivido bajo un férreo régimen comunista. Sin embargo, detrás del simbolismo diplomático, aquel encuentro fue, en realidad, un acto de legitimación política de un régimen que no hizo ninguna concesión real a la libertad ni a los derechos humanos.
Aquel día, cuando Raúl Castro pronunció ante la prensa la frase contundente y falsa: “Aquí no tenemos presos políticos”, la respuesta de Obama fue un silencio cómplice que aún hoy pesa como una losa histórica. La ausencia de reproche o denuncia no solo otorgó aire al régimen, sino que también debilitó la moral de quienes sufren represión interna y confirmó la estrategia del castrismo para disfrazar su dictadura ante el mundo.
Obama defendió su política con la convicción de que la apertura económica y diplomática empujarían al régimen hacia un cambio gradual desde adentro. Sin embargo, esta visión idealista ignoró décadas de evidencias: el control absoluto del Estado sobre la economía, los medios y la vida política impiden cualquier reforma real sin una ruptura del poder totalitario. Los resultados confirmaron la falacia de esta apuesta: el régimen no liberó a presos políticos, no permitió la creación de partidos ni flexibilizó el control represivo. Por el contrario, aumentaron las detenciones arbitrarias y la censura. Como señaló el senador Marco Rubio, “Obama legitimó una dictadura que no ha hecho absolutamente nada para merecerlo”, una declaración que refleja la frustración de quienes vieron en ese acto un respaldo inmerecido.
Lejos de mostrarse débil, Raúl Castro capitalizó la visita para fortalecer su posición interna y externa. Usó el gesto de Obama para promover la narrativa de un régimen respetable y resistente, capaz de negociar incluso con su “enemigo histórico”. En realidad, la dictadura utilizó esta legitimación para consolidar su control sobre la economía, la sociedad y la diplomacia, sin ceder un ápice en su naturaleza represiva.
Ese instante en que Obama omitió reprochar la mentira de Raúl Castro sobre la inexistencia de presos políticos fue una declaración política en sí misma. Con su silencio, el presidente de Estados Unidos avaló indirectamente la negación de los derechos humanos y la criminalización de la disidencia en Cuba. Una omisión que el régimen aprovechó para reforzar su propaganda y continuar su política represiva con menos críticas internacionales. Ted Cruz, senador y también de origen cubano, expresó con dureza: “Es una vergüenza ver a un presidente de los Estados Unidos posar junto a la maquinaria represiva del castrismo”, subrayando la indignación que provocó ese momento en la comunidad cubanoamericana y otros sectores.
La visita no debilitó al régimen. Por el contrario, le proporcionó un salvavidas diplomático, financiero y político. No se tradujo en libertades ni en avances democráticos, sino en una pausa para la dictadura, que consolidó su poder sin dar concesiones. Por el pueblo cubano, la visita significó una oportunidad desperdiciada, un acto más de abandono por parte de quienes podrían haber presionado por cambios reales.
La visita de Obama a La Habana será recordada, no como un paso hacia la democracia, sino como un episodio donde Washington optó por la diplomacia sin exigencias, y donde la legitimación de un régimen criminal prevaleció sobre la defensa de los derechos humanos.