
La manta que salvó el viaje
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Effie Hotchkiss tenía 26 años, trabajaba en Wall Street y había recibido una herencia de su padre. Con ese dinero, en lugar de comprar un collar o un vestido, se compró una Harley-Davidson de tres velocidades. Y se le ocurrió una idea que en 1915 era más loca que un carro de bomberos: cruzar Estados Unidos en moto. Su madre, Avis, no solo no le puso pegas, sino que se subió al sidecar. «Si vas a hacer una locura, al menos que sea en familia», debió pensar.
El 2 de mayo de 1915 salieron de Brooklyn rumbo a San Francisco. No había autopistas, solo caminos de tierra, barro y arena que castigaban los neumáticos. Las estaciones de servicio no existían. Así que llevaban herramientas, repuestos y la actitud de quien sabe que el problema no es si te vas a pinchar, sino cuándo. Y cuando se pincharon, no lloraron: improvisaron.
En Nuevo México se quedaron sin cámaras de repuesto. Cualquiera se rinde. Effie cogió una manta, la cortó, la enrolló y la metió dentro del neumático. Una rueda de tela y voluntad. Y siguió rodando. La manta aguantó hasta Santa Fe. No era tecnología de punta, pero funcionaba. Effie no solo conducía, también era su propia mecánica. Y su madre confiaba en ella. Eso, en 1915, era tan revolucionario como el propio viaje.
Llegaron a San Francisco en agosto. Habían cruzado el país. Podían haber ido a la exposición, comprar un recuerdo y volver en tren. Pero no. Dieron la vuelta. Regresaron por Nevada, Utah, Nebraska, Iowa, Chicago, Milwaukee y de vuelta a Brooklyn. Habían recorrido 14.500 kilómetros. Madre e hija, solas, en una Harley, con una manta que había sido más útil que muchos repuestos.
Cuando llegaron a casa cinco meses después, eran las primeras mujeres reconocidas por cruzar Estados Unidos en moto. Ida y vuelta. La exposición Panamá-Pacífico fue solo la excusa. Lo importante fue el viaje. Y la manta, que dejó de ser una manta para convertirse en el símbolo de que, cuando no hay repuestos, la imaginación también sirve. Effie y Avis no solo cruzaron el país; lo recorrieron con la certeza de que, a veces, una manta enrollada puede ser la diferencia entre rendirse o seguir rodando.



















