Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Oscar Durán
La Habana.- Jorge Fernández Era salió de su casa a las tres de la tarde como todos los 18 de cada mes, y estas son las santas hora que nadie sabe de su paradero. No llevaba más armas que su cuerpo y su persistencia. En Cuba, ese gesto mínimo ya es suficiente para desaparecer. Desde entonces no ha regresado, y el silencio oficial vuelve a hacer lo que mejor sabe: tragarse a un ciudadano como si nunca hubiera existido.
Fue su esposa, Laideliz Herrera Laza, quien encendió las alarmas en redes sociales. No habló de política, habló de angustia. Dijo que Jorge no había vuelto, que nadie daba explicaciones, que el reloj avanzaba mientras la incertidumbre se hacía más grande. En un país donde la desaparición forzada se disfraza de “averiguación”, el tiempo no corre: castiga.
Fernández Era no es un desconocido para la Seguridad del Estado. Su protesta mensual, pacífica y predecible, resulta insoportable para un régimen que le teme más a un hombre solo que a una multitud con hambre. Cada 18 es un recordatorio de que todavía hay cubanos que no se resignan, y eso, para la dictadura, es imperdonable.
El manual es viejo y efectivo: detención sin acta, incomunicación, amenazas veladas y el desgaste psicológico de la familia. No hace falta anunciar nada, ni mostrar pruebas. Basta con desaparecerte unas horas —o unos días— para que el mensaje quede claro. Aquí mando yo. Aquí no reclamas. Aquí te callas.
Mientras tanto, una mujer espera. Espera en su casa, en el teléfono, en las redes, en la nada. Y un país entero, acostumbrado al abuso, vuelve a normalizar lo inaceptable. Jorge Fernández Era salió a protestar en paz. Si no ha regresado, la responsabilidad tiene un solo nombre y un solo apellido: el régimen cubano.