Instala El Vigía de Cuba y accede a las noticias al instante.

Mantente informado en todo momento, sin perder ninguna noticia importante.

📱 Cómo instalar:

👉 Android:
Pulsa los 3 puntos (⋮) arriba a la derecha y selecciona "Añadir a pantalla de inicio"

👉 iPhone:
Pulsa el botón compartir 🔗 y luego "Añadir a pantalla de inicio"

Enter your email address below and subscribe to our newsletter

La danza de los papagayos: el monólogo de Canel y su periodista de juguete

Comparte esta noticia

Hay que tener el estómago blindado —o la dignidad bien extraviada— para tragarse la “entrevista” de La Jornada a Miguel Díaz-Canel sin sentir asco. Asco del espeso. Del que no se quita ni cambiando de canal.

Ahí estaba el “puesto a dedo”, soltando su letanía de siempre, con esa calma de burócrata que nunca ha hecho una cola de pan. Y al frente, un “periodista” de camisa roja que no preguntaba: asentía.
Arriba.
Abajo.
Como los perritos de plástico que iban en la parte trasera de los Lada.

No fue una entrevista.
Fue un acto de obediencia televisada.

Un teatro bufo donde el poder habla solo y el “periodismo” aplaude con la cabeza.

El guion era evidente: preguntas suaves, respuestas largas, cero incomodidad. El de la camisa roja no estaba allí para cuestionar, sino para servirle centros al delantero estrella del desastre nacional.

Y Canel, claro, encantado.


El bloqueo como religión (y excusa eterna)

Escuchen esto: “Hace casi 4 meses no recibimos una gota de combustible”.

¿En serio?

Entonces, ¿cómo se mueve la cúpula?
¿En carreta?
¿A pie por el Malecón?

¿De dónde sale la electricidad que nunca se le va a los hoteles de GAESA mientras los barrios pasan 30 y 40 horas en apagón?

Ah, pero el periodista…
asiente.

Siempre asiente.

Ese movimiento mecánico de cabeza ya no es gesto: es símbolo. Es la rendición del periodismo convertido en utilería.


Cuando el cinismo se vuelve política de Estado

Díaz-Canel describe la tragedia con un lenguaje que ofende.

“Las madrugadas se vuelven madrugadas laboriosas”.

No.
Eso no es laboriosidad.
Eso es desesperación organizada.

Eso es una abuela cocinando a las 3 de la mañana porque es el único momento en que hay corriente. Eso es gente durmiendo a golpes de calor. Eso es sobrevivir como se pueda.

Pero él lo maquilla. Lo convierte en virtud.
Y el otro… asiente.


La gran estafa: “resistencia creativa”

“Resistiendo hemos sido capaces de construir, avanzar, desarrollar”.

¿Construir qué?

Porque hospitales no.
Transporte no.
Comida no.

Hoteles vacíos, sí.
Represión afinada, también.

El país real —el de la calle, el de la libreta, el del apagón— no ha avanzado. Ha retrocedido como cangrejo asustado.

Pero en el discurso oficial, todo es épica.
Todo es sacrificio glorificado.
Todo es mentira bien envuelta.


El miedo, dicho sin decirlo

Cuando le tocan el tema de la inconformidad, suelta la clásica:

Es “legítima”… pero cuidado.

“Estoy dispuesto a actuar hasta las últimas consecuencias”.

Traducido al cubano de a pie:
si protestas bajito, te escucho;
si levantas la voz, te aplasto.

Así funciona el guion.
Así funciona el poder.


El periodista de atrezo

Lo más indignante no es lo que dice Canel. Eso ya lo conocemos.

Lo verdaderamente vergonzoso es el otro.

El que no repregunta.
El que no incomoda.
El que no duda.

El que mueve la cabeza.

Ese cabeceo constante es la imagen perfecta del periodismo domesticado. No mira al poder a los ojos, lo contempla desde abajo, esperando no molestar.

Y aquí es donde la contradicción se vuelve grotesca.

Porque Luis Hernández Navarro no es cualquier periodista. No es un burócrata de redacción ni un vocero oficial. Es —o dice ser— un intelectual de izquierda crítica, anticapitalista, cercano al zapatismo, defensor de la “política desde abajo”. Un tipo que ha escrito contra el poder, que ha acompañado movimientos sociales, que ha cuestionado gobiernos.

¿Y entonces?

¿Dónde quedó ese periodista frente a Díaz-Canel?

Porque en La Habana no entrevistó “desde abajo”. No preguntó por el cubano que cocina con carbón. No incomodó con los presos políticos. No mencionó la represión. No habló del que se va del país porque no aguanta más.

Se sentó frente al poder… y asintió.

Ni una repregunta incómoda.
Ni una grieta en el guion.
Ni un gesto de independencia.

Del zapatismo al asentimiento.

Del discurso crítico… al silencio cómplice.

Mientras tanto, la realidad —esa que no sale en la entrevista— es otra:

Un país que se vacía.
Una economía que no respira.
Una juventud que no cree.


Canel dice que “el país sigue soñando”.

Mentira.

El país no sueña.
El país no duerme.

El país está despierto a las 3 de la mañana, sudado, cansado, cocinando a oscuras… pensando en cómo largarse.

Canel habla.
El perrito asiente.
Y Cuba —la de verdad— se apaga.

Pero hay algo que ni el apagón ni la propaganda pueden detener:

El desgaste.

Y cuando un país entero se desgasta, el silencio deja de ser obediencia…
y empieza a ser antesala.

Deja un comentario

Lo más consultado hoy