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Miguel Díaz-Canel volvió a aparecer donde más cómodo se siente: delante de una cámara y detrás de un papel escrito por otros. Esta vez fue en la embajada de Irán en La Habana, firmando el libro de condolencias por la muerte del ayatolá Ali Jamenei (5 de marzo de 2026), con una vela frente al retrato y flores blancas sobre la mesa.
La escena buscaba solemnidad. Pero lo que realmente transmitía era otra cosa: conveniencia política.
Díaz-Canel no estaba allí como creyente ni como doliente. Estaba allí como aliado.
Para los ayatolás, desde el punto de vista religioso, el presidente cubano es un infiel. El islam considera infiel a quien no cree en la unicidad de Dios ni en la misión profética de Mahoma. Díaz-Canel es producto de una formación marxista‑leninista que durante décadas proclamó el ateísmo como política de Estado en Cuba.
Pero la contradicción es aún mayor.
El dirigente que firma condolencias en una teocracia islámica gobierna un país donde el poder convive abiertamente con el sincretismo religioso. En Cuba abundan collares, consultas espirituales y resguardos de religiones africanas entre figuras del poder. Babalawos, santeros y rituales forman parte del paisaje político informal de la isla.
Para el islam más ortodoxo eso tiene un nombre claro: idolatría.
El hombre que posa ante el retrato de un ayatolá pertenece a un sistema que sustituyó la religión por otro tipo de culto: el culto a Fidel Castro.
No hay santos oficiales, pero sí una narrativa permanente alrededor del comandante. Sus frases se repiten como dogmas y su legado se presenta como verdad incuestionable.
Díaz‑Canel es, en ese sentido, un devoto de ese culto político. Llegó al poder no por liderazgo propio, sino por fidelidad a una herencia y por su papel de administrador del legado revolucionario.
La escena en la embajada iraní resume todas esas contradicciones.
Un infiel para la teología islámica.
Un gobernante formado en el ateísmo comunista.
Un dirigente que convive con el sincretismo religioso caribeño.
Y al mismo tiempo custodio del culto político a Fidel Castro.
Todo eso frente a un libro de condolencias.
Luego vino el discurso.
«Sentimos profundo dolor y pesar…», leyó.
Pero esas palabras no expresan un sentimiento real. Son frases de protocolo redactadas por diplomáticos para mostrar solidaridad política con un aliado estratégico.
Lo que realmente une a La Habana con Teherán no es la fe ni el duelo: es la geopolítica.
Ambos regímenes se presentan como bastiones de resistencia frente a Occidente y encuentran en ese enfrentamiento un terreno común.
Por eso Díaz‑Canel estaba allí.
No por Jamenei.
No por la fe islámica.
Ni siquiera por el dolor.
Estaba allí por la misma razón que define buena parte de su política exterior: la conveniencia.
Vista desde Cuba, la escena resulta irónica: un país hundido en apagones, emigración masiva y crisis económica representado por un presidente que aparece solemnemente llorando a un líder extranjero.
Mientras tanto, el verdadero duelo —el de millones de cubanos que han perdido un país entero— no aparece en ningún libro de condolencias.