La lenta muerte de una sociedad desesperada

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Por Oscar Durán

La Habana.- Cuba llega al final de 2026 convertida en un país donde la supervivencia se ha vuelto una carrera de 110 metros con vallas. Hay gente desnutrida, ancianos abandonados después de entregar una vida entera a la Revolución y familias que ven a sus hijos crecer en medio de una pobreza que debería avergonzar a cualquier gobierno. Los precios de los alimentos están por las nubes y la delincuencia se ha instalado en una sociedad desesperada.

El desastre alcanza cada rincón. Faltan maestros para educar, médicos para atender y recursos para resolver las necesidades más elementales. Un país que durante décadas presumió de sus conquistas sociales hoy observa el derrumbe de sus servicios públicos.

La propaganda oficial intenta maquillar la realidad, aunque basta caminar por cualquier barrio para encontrar un pueblo cansado, empobrecido y sin demasiadas esperanzas.

En medio de esta agonía nacional, los dirigentes viven en una Cuba diferente. Desde sus oficinas anuncian planes, prometen soluciones y hablan de un futuro próspero que nadie alcanza a ver. Manuel Marrero asegura que 2027 traerá avances, una promesa difícil de creer después de tantos años escuchando el mismo discurso y viendo cómo la vida de los cubanos empeora cada día.

Cuba no necesita otra promesa ni otra reunión llena de consignas. Necesita un cambio profundo que termine con una dictadura incapaz de reconocer el tamaño de su fracaso. El pueblo agoniza lentamente, los jóvenes se marchan y los más vulnerables quedan atrás.

Cuba está muriendo ante los ojos de quienes la gobiernan, aunque sus dirigentes parecen no haberse enterado todavía.

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