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Cuando la dignidad se queda en el suelo de un hospital

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Por Oscar Durán

Bayamo.- Desde hace tiempo sabemos que la salud pública en muchos rincones pende de un hilo, pero las imágenes recientes desde el Hospital Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, no son solo un recordatorio: son un grito. Ver a ancianos recostados en el piso, esperando atención, es una metáfora brutal de la desprotección institucional. No se trata solo de camas faltantes, sino de un sistema que demuestra, en su cara más cruda, su incapacidad para garantizar los elementos más básicos de dignidad.

La Dirección Provincial de Salud de Granma, tras la difusión de las fotos, emitió un comunicado que mezcla asunción de culpa con defensas internas. Admiten “pocos recursos” —una realidad censurable, pero no inesperada—, pero al mismo tiempo defienden con vehemencia a sus médicos: “están en su lugar”. Esa dualidad es peligrosa: legitima un discurso heroico sobre el personal sanitario, mientras oculta una falla estructural más profunda. Da la impresión de que el sacrificio humano debe compensar las carencias materiales, en lugar de que el Estado asuma su responsabilidad con inversiones reales.

Peor aún, el mensaje oficial asoma cierta polarización: se acusa a los críticos de fabricar “mentiras” o “romancear historias”, como si la indignación ciudadana fuera solo un relato sensacionalista y no el reflejo de una crisis tangible. Esa estrategia de descalificar testimonios y minimizar el sufrimiento es de manual: desactiva el impulso crítico y transforma la protesta en un simple eco de “ataques”. Al desacreditar a quienes denuncian, el sistema se protege de cuestionamientos profundos y perpetúa la invisibilidad del problema.

La situación se agrava cuando se contempla el contexto más amplio: el huracán Melissa y su estela de casos febriles han conseguido lo que la precariedad hospitalaria no: desbordar sus límites. La combinación de desastre natural y recursos escasos expone una debilidad estructural alarmante. No es un incidente puntual: es la expresión visible de un sistema sanitario al límite, donde las emergencias climáticas y sociales golpean con más fuerza que la capacidad de respuesta institucional.

Aquí no basta con reconocimientos parciales ni con discursos que exaltan la entrega del personal. Se necesita más que retórica: se requiere un compromiso real con la infraestructura, con la planificación para crisis y con la inversión sostenida. El Estado debe responder con políticas concretas: más camas, más insumos, más médicos distribuidos, mejores protocolos de emergencia.

La dignidad de los pacientes no se repara con disculpas; se reconstruye con acciones. Y, en última instancia, el respeto hacia el pueblo no debe ser solo una frase de prensa, sino una práctica tangible.

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