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Por Renay Chinea ()

Barcelona.- Un viejo chiste de Álvarez Guedes decía aquello de: «Ya el comunismo en Cuba se acabó… Lo que pasa es que estamos en el papeleo».

Y tenía razón: ya hace décadas el comunismo en Cuba es un cadáver insepulto, en espera del acta de defunción. ¿Por qué tarda tanto?

Te lo voy a decir… Como aquella guaracha de Pachito Che…, pero me tengo que remitir a Platón, a Wells y luego a Gramsci.

Hay en La República, de Platón, una atormentada escena prácticamente teatral: unos prisioneros están eternamente atados en el fondo de una cueva. Al frente tienen una pared y detrás un fuego. De modo que, para estos eternos prisioneros, la realidad son las sombras que ven proyectarse en la pared, de objetos, gente y cosas que pasan entre el fuego y sus espaldas.

Un día, uno escapa y ve la realidad. Cuando vuelve y lo cuenta, los demás no le creen. Lo toman por loco: su evidencia no alcanzaba para desmoronarles su relato.

Es la misma alegoría del famoso cuento de H. G. Wells, The Country of the Blind: Núñez cae a un risco perdido en los Andes ecuatorianos, sobrevive… y va a dar a un valle donde, milenariamente, todos eran ciegos.

Ambos personajes llegan a un entorno fatídico —con visión uno y sabiduría el otro—, pero no pueden cambiar la opinión de las personas, pues estas se aferran a su propio relato.

El prisionero de Platón, al volver a la oscuridad, tiene dificultades para ver, y los demás interpretan que salir y ver el sol era muy dañino. Paradójicamente, están validando la maldad de sus captores. Al descreerle al disidente, perpetúan su condición de esclavos.

Núñez se quiere casar con una lugareña, Medina-Saronté, pero el Clan de Ancianos no lo permite. Alegaban que padecía delirios, hablaba de algo inexistente como el cielo azul o el agua transparente…, y le exigen que, para aceptarlo, habría que extirparle los ojos.

Dos años antes de que se publicara, en 1939, la versión definitiva de la historia de Wells, un prisionero comunista agonizaba en una celda de Mussolini, en Italia: Antonio Gramsci.

Gramsci, un diputado del Partido Comunista Italiano, se preguntó por qué las ideas de Marx no habían triunfado en Europa. ¿Por qué los mismos obreros apoyaban y votaban a veces en contra de sus intereses? Y concluyó que la burguesía había tenido éxito infundiendo su relato. Era dueña de la hegemonía cultural.

Y se le ocurrió una idea: había que lograr la hegemonía de la izquierda. ¿Cómo? Fabricando ciegos. Fabricando prisioneros en las cavernas y haciéndolos mirar todo el tiempo a una realidad que son solo sombras.

No bastaba solo con tomar el poder con las armas o las urnas. Era necesario apoderarse del cuento. Construirles una verdad, controlar lo que a la gente le parecía justo y de sentido común. Desde la iglesia, la cultura, la escuela y las universidades.

Y en eso llegó Fidel: se dieron las condiciones únicas para que un hombre se apoderara de una isla, de un circuito cerrado, rodeado de agua, medianamente instruida —o más que medianamente—, y en ese laboratorio personal diera rienda suelta a sus más estrambóticas fechorías, pero siempre, siempre, sabiendo dos cosas: que una invasión estadounidense a gran escala era extremadamente improbable, y que su éxito dependía de exponer las ideas del control gramsciano del relato sobre los cubanos.

Que a los cubanos había que cambiarles el nombre. Ni Pedro ni Juan ni José: a partir de ahora, Yuniesky, Yurimay…, Vichyoandrys…, Renay. La Generación Y.

Había que cambiarles sus tradiciones, sus costumbres, la Nochebuena, los carnavales en febrero; había que borrarles sus equipos de pelota; había que cambiar el nombre de las provincias, los días nacionales, las fiestas patrias, las religiones…

Y como a mí no me leen más que mis cuatro amigos de toda la vida, lo puedo decir como me da la gana: ¡qué pedazo de hijoeputa! Si a ese monstruo le da por hacer el bien, nos convierte en Suiza. Le dio por hacer el mal, y somos Haití.

Fidel Castro comenzó a destruir a Cuba el primero de enero del 59… y convenció a la gente de todo lo contrario. Y ganó.

Demostró que la verdad es una percepción que cuelga del perchero de la hegemonía cultural.

Un hecho no es un hecho: es lo que se dice de ese hecho. Y él era el dueño de los periódicos, el dueño del esclavo que iba a explicar ese hecho.

Y era el dueño de las escuelas donde estudiaban los niños, y el dueño de los profesores que educaban a esos niños…

Era el dueño del domador de leones del circo, del león y de los espectadores.

Desarrolló un control exponencial de piezas que se potenciaban y cuidaban a sí mismas, y le daban un poder que se autosostenía.

Jamás el hemisferio occidental había visto cosa igual en su historia.

Trump llamó a la FIFA para quitarle la tarjeta roja a un jugador americano; Fidel puso a su propio hijo en el cuerpo técnico de la escuadra de béisbol. Y hasta llamaba personalmente al mánager para indicarle qué jugada había que hacer en ese momento del juego.

Jamás se ha reportado que un país del hemisferio occidental haya sufrido un proceso de demolición tan severo. Mientras hundía a Cuba en la miseria, creó deportistas que repetían su discurso, médicos que curaban y repetían su discurso, filósofos, periodistas, poetas y escritores que repetían su discurso.

Impuso una hegemonía de su pensamiento tan demoledora que los daños parecen irreparables.

En Cuba haría falta una especie de Yom Kippur para hacer luto por nuestra enorme derrota. Un pensamiento por los valores de la República muerta.

Gramsci apostó todo a su inmunidad como parlamentario y arreció sus críticas a Mussolini.

Fue igualmente apresado y, durante el juicio, el fiscal pronunció una frase que se hizo célebre:

«Hay que impedir que este cerebro funcione durante veinte años».

En su cautiverio escribió largos ensayos sobre cómo revertir la suerte, tomar el control del relato desde la izquierda y derrotar al Duce.

Fidel Castro aprendió de los dos. Batista permitió que ese cerebro funcionara mucho más de 20 años. Tomó el poder con las ideas de Gramsci y lo ejerció con las de Mussolini. Y al mismo tiempo convenció al mundo de todo lo contrario.

El cuento de Wells viene a aclarar la suerte final del esclavo retornado de Platón.

Núñez se enamora de Medina-Saroté, una bella joven del valle.

Para casarse, los ancianos le exigen que renuncie a sus ojos, pues todos sus delirios vienen de ahí. Núñez acepta, pero la noche antes escapa y sube a la montaña para observar el sol y el valle por última vez.

En la segunda versión de 1939, Wells cambia el final:

Núñez huye montaña arriba y los ciegos lo persiguen. En la estampida se produce un alud donde todos mueren, incluido Núñez, y el valle es sepultado.

Cuando el papeleo acabe y caiga el cuño final sobre el Acta de Defunción del castrismo enceguecedor, habrá que ver cuál final nos espera.

Muy probablemente, el segundo. Qué horror.

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