El hotel volador que cruzaba el Atlántico

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- No todo iba a ser apretujarse en un asiento de clase turista. En 1939, cruzar el Atlántico en avión era otra historia: te sentabas a cenar con mantel, paseabas por varios salones y, cuando llegaba la noche, te metías en una cama con cortina. El Boeing 314 Clipper no era un avión, era un hotel con alas. Pan American lo encargó para demostrar que volar al otro lado del océano podía ser un lujo, no una odisea.

El bicho era enorme para su época: capacidad para 74 pasajeros, pero en las rutas largas viajaban muchos menos. No era cuestión de meter gente, sino de hacer que se sintieran en un transatlántico. Vestidores, salón comedor, amplios asientos junto a ventanales. Y por la noche, la magia: los asientos se convertían en cuarenta literas con colchón, ropa de cama y cortinas para que cada uno se sintiera en su propio camarote.

El hotel volador que cruzaba el Atlántico
Un Boeing 314 Clipper

Comer en el aire también era una ceremonia. Plato de sopa, carne, verduras, postre, todo servido en vajilla de verdad. Como en un restaurante de tierra firme, pero a 290 kilómetros por hora sobre el océano. Una velocidad que hoy parece de paseo, pero que entonces hacía que el viaje durara horas y horas. Por eso lo de comer y dormir no era un capricho, era una necesidad.

Caro, pero cómodo

Eso sí, el billete costaba un ojo de la cara. Varios cientos de dólares de 1939, que en dinero actual son una fortuna. Empresarios, diplomáticos y famosos eran los únicos que podían permitirse aquella experiencia. El Clipper no era para cualquiera, era para los que podían pagar la exclusividad de volar como si estuvieran en un hotel de lujo.

El hotel volador que cruzaba el Atlántico
Personas comen en el interior de un Boeing 314 Clipper

Pero todo lo bueno se acaba. Solo se construyeron doce Clippers. La Segunda Guerra Mundial los convirtió en transportes militares y después los aviones terrestres los dejaron obsoletos. Aquella breve época en la que volar era dormir entre nubes y cenar a la luz de las estrellas se desvaneció. Pero el Boeing 314 Clipper dejó una lección: hubo un tiempo en que viajar en avión no era una molestia, sino una aventura de primera clase.

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