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Por Jorge L. León
Motivo de consulta: Comparecencias públicas reiteradas para resumir fracasos estructurales sin registro visible de alarma emocional.
Observación inicial
El paciente se presenta con una gestualidad rígida, sonrisa funcional y tono monocorde. La mímica facial no acompaña la gravedad del relato. Enumera déficits, caídas productivas y retrocesos sociales como quien lee el parte meteorológico de un día nublado: con resignación burocrática y fe intacta en que mañana, por decreto, saldrá el sol.
En el XI Pleno, el discurso funciona como inventario de calamidades. Economía por debajo de lo planificado, producción estancada, vida material devastada, tejido social erosionado y una moral pública exhausta. El dato —“4 % menos”— aparece como cifra anestésica: no duele porque se repite; no alarma porque se normaliza.
Tras cada fracaso emerge un optimismo compulsivo poscatástrofe. La muletilla terapéutica “el año que viene tendrá que ser mejor”, repetida año tras año sin correlato empírico, revela un mecanismo clásico de defensa: la negación revestida de esperanza obligatoria.
Se observa una clara despersonalización de la realidad. La crisis es descrita como fenómeno externo, casi natural. Nunca como consecuencia directa de decisiones políticas. La realidad ocurre; el poder observa.
El lenguaje burocrático actúa como sedante. Abundan fórmulas huecas que sustituyen acciones. Se avanza sin moverse, se resiste sin estrategia, se rectifica sin rectificación.
El afecto permanece plano ante el desastre. Hambre, apagones, migración masiva y derrumbe cívico aparecen sin registro emocional proporcional. No hay culpa, no hay urgencia, no hay vergüenza.
El cuadro corresponde a una ideología disociativa crónica: un sistema de creencias que permite convivir con el derrumbe sin modificar el rumbo. Se suma un burocratismo improductivo avanzado, con capacidad intacta para reunir, resumir y prometer, pero con incapacidad persistente para producir. A ello se añade un déficit severo de autocrítica funcional, donde la responsabilidad siempre reside en factores difusos y jamás en el núcleo decisor.
La causa no es individual, sino sistémica. El paciente es producto de un ecosistema político donde la lealtad sustituye al talento, la consigna a la inteligencia y la obediencia a la moral. Rodeado por una marea de administradores del fracaso, el liderazgo queda reducido a gestionar ruinas con sonrisa reglamentaria.
Reservado. Mientras persista el socialismo viviendo de espaldas a la realidad, la letanía continuará. Cada año será peor, pero anunciado como antesala de uno mejor. El discurso seguirá funcionando como placebo colectivo: no cura, pero adormece.
El XI Pleno no fue un análisis, sino un parte médico sin tratamiento. El paciente reconoce los síntomas, evita la causa y promete una recuperación milagrosa. La ironía final es involuntaria: quien enumera el desastre con serenidad clínica pretende convencer de que el sistema goza de buena salud.
Alta médica: No procede.
Recomendación: Confrontación directa con la realidad y cambio radical de terapia.
Advertencia: Sin ello, la patología se cronifica y arrastra consigo a toda una nación.