
Amy Winehouse y el vendedor de cocos
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Amy Winehouse pagó más de 4.000 libras para que un vendedor de cocos que conoció en una playa del Caribe pudiera operarse. Cuando el hombre quiso darle las gracias, ella lo abrazó y le pidió que no se lo contara a nadie. Y no se lo contó a nadie. Hasta después de que ella murió.
Todo pasó en Santa Lucía, una isla pequeña donde Amy se había ido a pasar una temporada larga, lejos de Londres y de la prensa que la perseguía. Allí conoció a Julian Jean-Baptiste, un hombre que vendía cocos en la playa y que llevaba tiempo sufriendo una hernia dolorosa. El dolor le empezaba en la ingle y le subía hasta el pecho. Sabía que necesitaba médico. No tenía con qué pagarlo.
Un día Amy se acercó y le preguntó cómo estaba. Él le explicó. Y poco después apareció uno de sus guardaespaldas con dinero para que pudiera ir al médico. Pero la ayuda no quedó ahí. Amy pagó la operación completa: más de 4.000 libras. El 1 de julio de 2009, Julian entró al quirófano.
La playa y el abrazo
Julian la recordaba como una mujer cercana, nada que ver con la imagen de los tabloides. Se veían en un bar de playa que se llamaba Marjorie’s. Hablaban. A veces cantaban. Una vez él arrancó con canciones de Bob Marley y ella se le unió: No Woman No Cry, Buffalo Soldier. Como dos vecinos en un bar cualquiera.
Cuando Julian intentó agradecerle lo de la operación, ella lo abrazó y le dijo que no dijera nada. Así era. El 23 de julio de 2011, Amy murió en Londres, con 27 años. La noticia llegó a Santa Lucía. Julian lloró durante horas. Semanas después contó la historia en una entrevista.
Para entonces el mundo llevaba años hablando de sus adicciones y de sus problemas. Pero Julian guardaba otro recuerdo: una cantante que se paró en la playa para preguntarle cómo estaba y que, al saberlo, pagó una operación que él no podía pagar. «Su generosidad me devolvió la vida», dijo. No se lo contó a nadie. Hasta que ya no pudo agradecérselo a ella.



















