Díaz-Canel felicita a Lula y vuelve a vender una solidaridad que no practica en Cuba

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Por Oscar Durán

La Habana.- Miguel Díaz-Canel acaba de felicitar a Lula da Silva por su victoria electoral en Brasil, con ese discurso de paz, soberanía y justicia social que tanto le gusta repetir cuando se trata de quedar bien con sus amigos ideológicos.

El jinetero político de La Habana se apresura a celebrar el triunfo ajeno y a ponerse la medalla de la integración latinoamericana, aunque en su propia casa la realidad sea una bofetada diaria para millones de cubanos. Hablar de justicia social desde un país hundido en la miseria requiere una dosis de cinismo que al presidente cubano le sobra.

El descaro está en presentar a Cuba ante el mundo como ejemplo de unidad y solidaridad, cuando los ciudadanos de la isla llevan años sufriendo apagones interminables, escasez de alimentos, hospitales sin recursos y salarios que apenas alcanzan para sobrevivir.

La soberanía que pregona el régimen no le ha servido al pueblo para llenar la nevera ni para garantizar servicios básicos. La justicia social tampoco aparece en las mesas vacías de tantas familias, ni en las cárceles donde permanecen personas condenadas por motivos políticos. Esa es la realidad que Díaz-Canel evita mencionar cuando redacta sus felicitaciones de ocasión.

Ahora resulta que Cuba está lista para contribuir a la construcción de una gran patria latinoamericana y caribeña. ¿Con qué recursos, si el país no consigue resolver sus propias necesidades? La dictadura lleva décadas utilizando la retórica internacional para proyectar una imagen de compromiso social que contrasta con la vida cotidiana de sus ciudadanos.

Sus dirigentes hablan de solidaridad, convocan a la resistencia y prometen un futuro luminoso, aunque son incapaces de ofrecer soluciones concretas a una población agotada de tantas consignas. La política exterior se convierte así en un escaparate propagandístico que intenta disimular el fracaso interno.

Díaz-Canel puede llamar hermano a Lula, felicitarlo por su victoria y celebrar cuanto triunfo político le resulte conveniente. Lo que no puede hacer es convertir esas palabras en una prueba de legitimidad para un sistema que no permite a los cubanos elegir libremente a sus gobernantes en elecciones plurales y competitivas.

La verdadera solidaridad empieza por respetar los derechos de la gente, garantizar libertades y permitir que cada ciudadano decida su destino sin miedo a la represión. Antes de dar lecciones de justicia social al continente, el Gobierno cubano debería rendir cuentas ante su propio pueblo.

Las felicitaciones pasan; la miseria y la falta de libertades siguen ahí.

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