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Por Fernando Clavero ()
Carlos Alcaraz ya no es solo un tenista. Es una leyenda que se esculpe a sí misma, a martillazos, bajo el sol implacable de Melbourne. Este viernes, en la Rod Laver Arena, el murciano no disputó un partido de tenis; libró una guerra de cinco horas y veintisiete minutos contra Alexander Zverev, contra los calambres que atenazaron sus piernas, contra su propio estómago rebelde, y contra el peso monumental de la historia que le aguarda.
Al final, un pasante de derecha, nacido del coraje y la fe, le dio la gloria y un billete a la final del Open de Australia. La revancha estaba servida, y se consumió con la textura agridulce de la épica.
Zverev, el verdugo del año pasado, se presentó como un gigante de servicio imbatible y una fragilidad mental latente. Un coloso con pies de barro en los puntos decisivos. El alemán, sintiendo quizás que el estadio entero latía con el corazón de su rival, cedió regalos en momentos clave: dobles faltas en el juego crucial de la primera manga, un pulso que le tembló cuando tenía la presa contra las cuerdas. Debe ser difícil ser Zverev y saber que, excepto en el rincón de tu equipo, el mundo anhela tu derrota para ser testigo del alumbramiento de un nuevo rey.
Pero la corona no se gana solo con los errores del otro. Se gana con el alma. Y Alcaraz, el mejor tenista del planeta, tuvo que entregar la suya en bandeja. El verano australiano se le atragantó literalmente, vomitando en un cambio de lado, y después se le encogió en forma de calambres paralizantes en ambas piernas. Allí estaba, entre gemidos y el jugo de pepinillo como elixir, recibiendo masajes desesperados mientras su entrenador, Samuel López, le susurraba mantras: «Respira bien. Llevamos dos sets nosotros». Era el tenis llevado al límite de lo humano.
Con la movilidad de un cojo pero la fiereza de un león herido, Alcaraz se aferró a su saque como a un clavo ardiendo. Lideró el baile incluso cuando sus piernas apenas respondían. Perdió dos tie-breaks seguidos, pero nunca perdió la fe. Ni la sonrisa. Mientras Zverev buscaba culpables en sus raquetas, Carlitos jaleaba a la grada, pidiendo a gritos esa energía extra que el cuerpo ya no podía darle. El partito era una cuestión de supervivencia, y él es el mayor superviviente del circuito.
La quinta manga fue un viaje emocional en sí mismo. Zverev rompió al inicio y olió la victoria. Pero Alcaraz ha hecho de la resistencia su marca registrada. Remontó desde 3-1, salvando abismos, hasta forzar una tercera muerte súbita en el marcador. Y allí, en el último aliento, con todo el dolor a cuestas, encontró un pase de derecha al límite para romper al alemán y cerrar el partido. Fue el golpe de un campeón que se niega a caer, la estocada final de un guerrero que escribió su mejor página no con brillo, sino con barro y coraje.
Ahora, el último obstáculo para completar el Grand Slam con apenas 22 años. Djokovic o Sinner aguardan en la final. Pero después de esta hazaña, después de superar el calvario físico y mental de esta semifinal, Alcaraz ya ha demostrado lo único que importaba: que su espíritu es más grande que cualquier tormenta. El domingo no se jugará un partido de tenis. Se coronará, por fin, a un rey.