
El combustible de los Castro: el negocio que no se ve pero se huele
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Mientras los cubanos de a pie llevan semanas, meses, sin ver una gota de combustible en las gasolineras, mientras los apagones se suceden y los trasportes públicos son apenas un recuerdo, en la oscuridad de los puertos y las aduanas se mueve otro negocio. Un negocio que el régimen ha disfrazado de «apertura al sector privado», de «emprendimiento», de «modernización de la economía». Pero la realidad, como siempre, es mucho más prosaica: la importación de combustible en isotanques desde Estados Unidos, esa que el gobierno vendió como una victoria del cuentapropismo, no es más que un nuevo y pingüe negocio para la familia Castro.
El vehículo de esta operación se llama Gaia Mercado, una micro, pequeña o mediana empresa —según se mire— cuyo nombre suena a startup ecológica pero cuyo ADN es puramente dinástico. Detrás de ella está Lisa Titolo Castro, hija de Mariela Castro y nieta del general Raúl Castro. Lisa, graduada en ingeniería industrial, ha logrado en tiempo récord lo que a cualquier emprendedor cubano le tomaría años, décadas, o quizás nunca: importar combustible directamente desde Estados Unidos, el enemigo de siempre, el imperio, el bloqueo, ese mismo que el régimen invoca cada mañana para justificar su incapacidad de gobernar. No es magia, es sangre. La misma sangre que le permitió a su prima, la otra nieta del dictador -la hermana de El Cangrejo-, importar cemento y remodelar locales con materiales que el resto del país solo puede soñar.

Doble moral y negocios sucios
Pero el negocio de los isotanques tiene, como todos los negocios de los Castro, varias patas. Una de ellas es la importación directa de combustible en depósitos cilíndricos de acero inoxidable que se transportan en cargueros, una operación que las empresas privadas empezaron a realizar en pleno «asedio petrolero» de Estados Unidos. Otra, más oscura, es la que vincula a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias «El Cangrejo», el nieto escolta de Raúl Castro, con redes de tráfico humano que han vaciado a Cuba de cientos de miles de jóvenes que escapan por el estrecho o por la ruta de los volcanes. El mismo Cangrejo que, según documentos judiciales y el testimonio de condenados, facilitó el movimiento de mercancías ilícitas y migrantes a cambio de artículos de lujo.
Y entonces uno se pregunta: ¿cómo es posible que Mariela Castro, que dirige el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX), que predica la libertad sexual y la diversidad, que se presenta como una intelectual progresista, esté casada con un italiano desde hace décadas, cuando en los años en que contrajo ese matrimonio hablar con un extranjero en Cuba podía ser motivo de cárcel? ¿Cómo es posible que esa misma mujer, que se llena la boca con discursos de igualdad, tenga una hija que importa combustible y venda picadillo a más de mil pesos el medio kilo, cuando el salario mínimo apenas llega a los tres mil? No es una contradicción, es la esencia del castrismo: una doble moral convertida en sistema de gobierno.
Siempre hay un Castro detrás
Mariela Castro, la hija del general, la tía del Cangrejo, es el rostro amable de la dictadura, el que sale en los documentales internacionales, el que posa con líderes progresistas, el que habla de derechos humanos mientras su familia amasa una fortuna importando combustible, cemento, y lo que sea que deje dólares. La misma familia que, en los años 80, utilizó Cuba como puente para el narcotráfico y que mandó fusilar al general Ochoa para lavarse las manos. La misma familia que ahora, con la soga al cuello, sigue multiplicando sus negocios al amparo de un Estado que ellos mismos controlan. No es un negocio privado, es un negocio de la dinastía.

Al final, la importación de combustible en isotanques no es más que la última versión de una historia que los cubanos conocen demasiado bien: cualquier negocio que genere ganancias en esta isla pasa primero por las manos de los Castro. No importa que sea desde Estados Unidos, no importa que sean alimentos, cemento o combustible. Siempre hay un Castro detrás, siempre hay un testaferro, siempre hay una mordida. Y mientras el pueblo se muere de hambre, los herederos de la Revolución se llenan los bolsillos. Porque en Cuba, como siempre, el negocio no es el combustible, el negocio es el poder.






