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Por Patxi Morales ()

Santa Clara.- Quemado de Güines, el pequeño municipio de la provincia de Villa Clara, se ha convertido en el escenario de una pesadilla que nadie en el poder quiere ver. Casas vandalizadas, personas intimidadas y un miedo que se respira en el aire, como un veneno lento que se instala en las entrañas de los vecinos. No son hechos aislados, no es casualidad, no es el “orden público” que tanto pregonan los discursos oficiales. Es la evidencia de que en Cuba, el castrismo ha decidido que la tranquilidad ciudadana no es un derecho, sino un privilegio que solo se concede a quienes callan y obedecen.

Las preguntas que el pueblo se hace son tan lógicas como perturbadoras: ¿quién está dando las órdenes? ¿Son simples actos vandálicos o hay una organización detrás? Y la más inquietante de todas: ¿hay personas vinculadas al poder local participando, coordinando o permitiendo estos hechos? Porque en un país donde el Partido Comunista controla cada resquicio de la vida cotidiana, donde los delegados y los burócratas son los dueños de la verdad, no es descabellado pensar que la intimidación tenga nombre y apellido, y que esos apellidos estén escritos en los mismos carteles que proclaman la “unidad revolucionaria”.

En Quemado de Güines no hay quien viva

Las autoridades, esas mismas que un día prometieron “tranquilidad ciudadana” como si fuera un regalo, hoy miran hacia otro lado. No hay investigaciones, no hay explicaciones, no hay un solo funcionario que dé la cara y diga: “Vamos a resolver esto”. Porque su única preocupación no es la seguridad de los ciudadanos, sino que nadie se atreva a levantar la voz contra el castrismo. La desidia del régimen no es un accidente, es una estrategia: sembrar miedo para mantener el control, permitir que la inseguridad crezca para que el pueblo esté demasiado ocupado sobreviviendo como para pensar en rebelarse.

El miedo facilita gobernar

Mientras los vecinos de Quemado de Güines viven con el corazón en un puño, las autoridades se refugian en el silencio cómplice. No hay patrullas que recorran las calles, no hay respuestas a las denuncias, no hay una sola palabra que alivie el terror de quienes ven sus casas manchadas y sus vidas amenazadas. Pero cuando se trata de reprimir una protesta, de silenciar una voz disidente, de perseguir a quien piensa diferente, ahí sí que el régimen se mueve con la rapidez de un depredador. La seguridad, en Cuba, es un concepto selectivo: solo existe para quienes no cuestionan el poder.

En Quemado de Güines no hay quien viva
Condecoraciones, actos, estímulos y en el municipio no hay quien viva

El silencio protege al que abusa, y la verdad, cuando no se dice, se convierte en cómplice de la mentira. Quemado de Güines no debe tener miedo, pero lo tiene, y con razón. Porque en este país, el miedo no es un sentimiento, es una herramienta de gobierno. Y mientras las autoridades se niegan a investigar, mientras los responsables siguen sueltos, mientras el Partido Comunista sigue mirando hacia otro lado, lo que está pasando en Quemado de Güines no es un problema local, es el síntoma de una enfermedad que corroe toda Cuba: la impunidad de los que mandan y el abandono de los que sufren.

Que aparezcan los responsables. Que se investigue. Que se sepa la verdad. Pero el castrismo no quiere verdad, quiere sumisión. Quemado de Güines es solo un ejemplo de lo que ocurre en cada rincón de la isla cuando el poder decide que la vida de los ciudadanos no vale nada. Y mientras el régimen se lava las manos, el pueblo sigue preguntándose: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo el miedo va a ser la única respuesta? ¿Hasta cuándo la desidia de las autoridades va a ser la norma? Quemado de Güines no merece ser un pueblo de silencio. Merece ser un pueblo de justicia. Pero para eso, primero tendría que dejar de ser un pueblo gobernado por el miedo.

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