La mujer que voló más alto que el Everest

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Ewa Wiśnierska despegó como una más y acabó convertida en un satélite accidental. El 14 de febrero de 2007, la piloto polaca de parapente se encontró atrapada en una tormenta que la succionó hasta los 9.946 metros. Más de un kilómetro por encima del Everest. Mientras ella perdía el conocimiento, su GPS siguió registrando el vuelo. La máquina, fría y precisa, hacía lo que ella ya no podía: contar la historia de un cuerpo que se elevaba hacia el límite de la vida.

La tormenta no avisó con cortesía. Primero fue una corriente ascendente, luego un torbellino imparable. A veinte metros por segundo subía, como si el cielo la hubiera elegido para un experimento cruel. Intentó escapar con espirales, con maniobras, con la desesperación de quien sabe que ya no manda. Nada funcionó. El granizo golpeaba su rostro, el frío empezaba a morder y la visibilidad se fue con el viento. Entró en la nube y el mundo se apagó.

A los 6.900 metros, el oxígeno dejó de ser un aliado. Sintió un cansancio tan profundo que cerró los ojos y se entregó. Su cuerpo, ya inerte, siguió subiendo como un globo sin dueño, alcanzando la altitud de un avión de pasajeros. Durante cuarenta minutos, Ewa no fue más que un bulto congelado en el techo del mundo, arrastrado por una tormenta que podía haberla despedazado sin piedad. Pero la tormenta, caprichosa, decidió devolverla.

Un milagroso regreso a la vida

Despertó a 6.900 metros, cubierta de hielo, sin sentir los dedos. No sabía cuánto tiempo había pasado ni cómo había sobrevivido. El parapente seguía ahí, cargado de agua y granizo, pero aún dispuesto a obedecer. Descendió con espirales lentas, como quien baja una escalera rota, hasta que la tierra apareció de nuevo. Aterrizó en una zona rural, a 65 kilómetros de donde había despegado. Tenía congelaciones, magulladuras y una pregunta que nunca tendría respuesta: ¿por qué ella sí y el otro no?

Esa misma tormenta se llevó a He Zhongpin, un piloto chino de 42 años. Su cuerpo apareció al día siguiente, alcanzado por un rayo. Dos personas, dos destinos. Ewa siguió volando, pero ya no persiguió trofeos. Su supervivencia no fue una hazaña, fue un accidente de la naturaleza. Durante casi una hora, su vida dependió de una tormenta que la elevó por encima de las nubes y, por razones que ni la ciencia puede explicar, decidió devolverla a la tierra.

No es una historia de victoria. Es la historia de alguien que estuvo a punto de ser tragada por el cielo y, contra todo pronóstico, aterrizó para contarlo.

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