
Cuba, el ruido de las ollas y el silencio de Europa
Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- Varias veces he reflexionado sobre la situación de Europa y sobre esa colección de Macrones, Starmers, Merz, Sánchez y demás figurantes que se autoproclaman «europeístas comprometidos». Comprometidos, sí, pero con su sillón, su carrera y su prosperidad personal.
Europa, para ellos, es un decorado. Hemos pasado de una época de estadistas —gente con visión, proyecto y sentido de responsabilidad— a una era de bandidos políticos, profesionales del oportunismo, incapaces de sostener una idea más allá de su propio interés.
La política dejó de ser servicio público y se convirtió en un negocio rentable. Y así nos va. Hoy la democracia europea se resume en elegir, entre los malos, al menos malo. Ese es el menú. Y ese menú ya se exportó a Latinoamérica, donde la izquierda populista arraigó y dejó sus frutos: Venezuela, Nicaragua y Cuba. Países donde el poder ya ni disimula. Ortega declara sin pudor que no habrá más elecciones en Nicaragua. Cuba lleva 67 años sin una sola elección real y el mundo mira hacia otro lado.
Cuba me duele
Hablar de Cuba duele. El pueblo cubano es, probablemente, el más castigado y explotado del planeta. Una nación triturada por una camarilla que solo ha hecho bien dos cosas: el terrorismo de Estado y la politización absoluta de la vida cotidiana. Con el miedo nos domesticaron; con la división nos fragmentaron. Sobre esas dos columnas —terror y división— se sostiene la dictadura.
En su desesperación, el pueblo cubano esperó una intervención de Trump que no llegó ni llegará. Cuba no le importa a nadie, y esa es la verdad que pocos quieren aceptar. Aun así, en este momento de debilidad histórica del régimen, se han creado falsas expectativas. Estados Unidos no intervendrá.
Mientras tanto, el pueblo toca calderos, prende fogatas y hasta baila congas, como si la dictadura fuera a caer por agotamiento acústico. Debe quedar claro: así no se va a ir el gobierno. Jamás habrá futuro golpeando ollas.
Las redes como negocios
Han surgido personas valientes —Luis Manuel Otero Alcántara, Michael Osorbo, José Daniel Ferrer— cuyo coraje es incuestionable. Pero la pregunta es otra: ¿son ellos quienes deben dirigir una transición? ¿Tienen la preparación necesaria? ¿Pueden liderar un proceso político contra una dictadura tan sofisticada en su maldad?
Mientras tanto, aparecen otros «iluminados» buscando protagonismo, fundando partidos en momentos en los que eso es contraproducente. La realidad cubana exige unidad, un programa común, una estrategia clara para derrocar a la dictadura. No exige nuevos partidos, ni fotos, ni redes sociales para que algunos se vuelvan famosos. Estas distracciones alargan la vida del régimen, porque nos apartan de lo urgente.
Con tristeza veo cómo Instagram y Facebook se han convertido en la ruta hacia la buena vida para muchos que un día arriesgaron su vida por Cuba. Hoy el dinero de sus publicaciones les ha dado lo que nunca tuvieron, y se han convertido en vendedores de sí mismos, no en luchadores por la libertad.
Si queremos tumbar la dictadura, debemos unirnos alrededor de un líder inteligente, alguien que aún hay que encontrar, alguien capaz de ofrecer una hoja de ruta real. Porque los de Facebook e Instagram ya no tienen necesidad de luchar: encontraron otro modo de vida. Esa es nuestra realidad. La política y las redes sociales se han convertido en un ecosistema de fans, dinero y acomodamiento, y esa es una carta que el gobierno cubano guarda celosamente para seguir en el poder.






