La pizza que las autoridades no quisieron dar

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Philip Workman pidió una pizza vegetariana. Pero no era para él. Dos décadas esperando la inyección letal, y el tipo no pide un chuletón ni un pastel de chocolate. Pide que una pizza grande llegue a un sintecho. La prisión le dijo que no. Que los recursos no son para donaciones. Que las normas son las normas. Y Workman, sin rechistar, se quedó sin última cena.

La ejecución llegó a las tantas de la madrugada del 9 de mayo de 2007. En Tennessee, el estado que lo había condenado por la muerte de un policía en un tiroteo de 1981. Workman llevaba veintipico años en el corredor de la muerte. Y cuando le preguntaron qué quería comer antes de morir, no pensó en su estómago. Pensó en la calle. En la gente que ni siquiera sabe de dónde va a salir su próxima miga.

La historia se filtró. Y entonces pasó lo que no estaba en el guion. Donna Spangler, una mujer que no conocía a Workman, cogió el teléfono. Reunió a unos amigos, juntaron mil doscientos dólares y encargaron ciento cincuenta pizzas para un refugio de Nashville. No pararon ahí. La gente se fue sumando. Llegaron pizzas desde Connecticut, desde Oregón, hasta desde Memphis. Cerca de doscientas en total. Los desconocidos se convirtieron en la respuesta que las autoridades negaron.

Un último acto por los que no tienen nada

No era un gesto de perdón. Workman mató a un policía, y eso pesa. Pero el hombre que iba a morir eligió su último aliento para acordarse de los que no tienen ni dónde caerse muertos. Y eso, amigos, tiene un poso que no se lava con protocolos ni con informes penitenciarios. La contradicción era tan grande que hasta los que no creen en segundas oportunidades se quedaron pensando.

Le negaron su último deseo. Pero horas después de que la inyección hiciera efecto, cientos de personas sin hogar comieron caliente gracias a él. La prisión dijo que no. Los ciudadanos dijeron que sí. Y así, sin querer, Philip Workman se convirtió en el único condenado a muerte que dio de comer a los suyos después de muerto. A veces, la justicia no está en las leyes. Está en quién decide mover el dedo por el que no tiene nada.

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