
El megáfono roto: la decadencia de la televisión cubana
Por Jorge Menéndez ()
Cabrils.- La televisión cubana, por tradición, ha sido un instrumento del gobierno: un megáfono para los discursos de Fidel Castro, para congresos del Partido, para sesiones de la Asamblea Nacional. Entre propaganda y solemnidad, también transmitían pelota, Juegos Olímpicos y algunos programas recreativos y culturales que al menos daban respiro.
En los últimos años, con la escasez de recursos y el deterioro general, esos espacios de entretenimiento fueron desapareciendo para dar paso a programas como Cuadrando la Caja, La Mesa Redonda o Con Filo: libretos fabricados por periodistas serviles que intentan inocular la idea de una supuesta preocupación gubernamental por resolver los miles de problemas que ellos mismos han creado.
Problemas para los que jamás ofrecen una solución. A medida que estos programas crecieron en horas de pantalla, los pocos espacios humorísticos —como los de Pánfilo, que alcanzaban récords de audiencia en medio de la miseria cotidiana— fueron reducidos o eliminados sin explicación alguna. No es un caso aislado: es la norma.
Con el aumento de los apagones y la profundización de la crisis, la TV cubana se volvió irrelevante. Hoy se percibe únicamente como un tablón de anuncios donde se comunican nuevas medidas que inevitablemente conducirán al caos.
Los cubanos, ocupados en resolver lo básico —comer, sobrevivir— no tienen tiempo ni interés en escuchar a las mismas voces oficiales repetir la basura de turno.
La televisión se ha convertido en portavoz de ministros obligados a cacarear explicaciones sobre déficit de generación, distribución alimentaria, alzas de precios, gasolina, apagones, averías de termoeléctricas y fechas de reincorporación. Es el noticiero permanente de las desgracias creadas por el propio gobierno, incapaz de solucionar absolutamente nada.
Hoy casi nadie ve una TV sin credibilidad, totalmente al servicio de un sistema atroz, que solo transmite información irrelevante y que, gracias a los apagones, ni siquiera puede ser vista. Su degradación avanza en paralelo con la degradación social: menos recursos, menos contenido, menos país. Por eso el Estado la utiliza como escenario para ofrecer explicaciones sin soluciones, intentando simular una preocupación que no existe.






