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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El mundo cree que en Cuba solo no hay corriente. Que el apagón es el drama, que la oscuridad es el enemigo. Pero la oscuridad se combate con una vela. La sed, no. La sed se combate con agua, y el agua no llega. No llega porque el gobierno ha sido incapaz de crear los sistemas necesarios, de entregarle a una empresa eficiente el control del abasto a ciudades y pueblos.

No llega porque han priorizado hoteles antes que tuberías, turismo antes que tanques, fotos en la prensa antes que planificación. Y mientras el mundo habla de apagones, aquí hay gente que lleva doce días sin una gota en el grifo. Doce días. En pleno siglo XXI. En plena Habana.

No es un problema nuevo. El agua no sale de las tuberías desde hace años, pero el gobierno ha preferido mirar hacia otro lado, como si el líquido más abundante del planeta fuera un lujo que los cubanos no merecen.

En Palma Soriano, en la provincia de Santiago de Cuba, no sale agua desde diciembre. Diciembre. Han pasado ya siete meses. Siete meses de camiones cisterna que no llegan, de baldes que se vacían antes de llenarse, de niños que crecen sabiendo que el agua no es un derecho, sino una limosna. Y en El Vedado, en plena capital, a veces pasan meses y meses sin que el preciado líquido llegue a las casas. Meses. ¿Se imaginan? Meses sin poder bañarse, sin poder lavar la ropa, sin poder cocinar sin pensar en cuánta agua queda.

Ríos contaminados, aguas negras

Y no es solo la falta. Es también la contaminación. La mayoría de los ríos, lagos y presas están envenenados. En Villa Clara, por ejemplo, todos los ríos están contaminados. Todos. La misma provincia donde muchas cabeceras municipales no tienen acueducto, ni lo tendrán, y las personas toman agua de pozos artesianos ubicados entre fosas sépticas, porque tampoco hay alcantarillado.

Esa agua que beben, que usan para cocinar, que le dan a sus hijos, sale de la tierra mezclada con desechos. No es agua. Es un cóctel de bacterias, de enfermedades, de desidia. Y mientras tanto, el gobierno calla, o peor, habla para decir que resistamos, para echarle la culpa a Trump, al bloqueo, al imperio, a todo menos a ellos.

Los días de lluvia se han convertido en una especie de milagro. Cuando el cielo se abre, los cubanos salen corriendo con tanquetas, con cubos, con lo que sea, para colocarse debajo de los chorros que caen de los techos. No es poesía. No es un cuadro costumbrista. Es una escena de supervivencia: llenar cualquier recipiente para poder lavar, fregar, cocinar y hasta para beber. Porque el agua de lluvia, aunque sucia, aunque caiga con el polvo y el hollín de la ciudad, es más confiable que la que sale del grifo. Y eso, señores, no es resistencia. Eso es humillación.

El agua del pueblo no interesa

Lo peor de todo es que la dirigencia lo sabe. Sabe que el problema del agua no es de ahora, sabe que los sistemas están colapsados, sabe que la contaminación avanza y que las tuberías se pudren. Y aún así, no hacen nada. No han hecho nada en décadas. Porque arreglar el agua no da respaldo político, no da fotos, no da titulares.

Prefieren invertir en hoteles, en proyectos faraónicos que nunca se terminan, en discursos vacíos que nadie se cree. Ellos tienen agua en sus residencias, en sus oficinas, en sus centros de mando. Ellos no se mojan. Ellos no pasan sed.

¿Hasta cuándo vamos a seguir callados? ¿Hasta cuándo vamos a seguir aceptando que el agua sea un privilegio, que la sed sea parte del paisaje? Porque esto no es culpa del bloqueo. El bloqueo no contamina los ríos. El bloqueo no rompe las tuberías. El bloqueo no impide que se construyan acueductos.

La culpa es de ellos, de los que han gobernado durante décadas con la misma receta: prometer, mentir, culpar al de afuera y esperar que el tiempo pase. Pero el tiempo no pasa. El tiempo se para cuando uno no tiene agua. Y el pueblo, ese que se moja con la lluvia para poder vivir, está cansado. Lleva décadas cansado. Y la sed, como la paciencia, tiene un límite.

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