
La Máximo es la amante de mi marido
Por Yin Pedraza Ginori ()
;adrid.- Isidro, edad: 67, diabético, sin nalgas y de un aspecto en el que el tiempo ha dejado lamentables huellas, lleva 24 años trabajando a lo bestia en turnos interminables, de día y de noche, en los distintos bloques que conforman la Central Termoeléctrica Máximo Gómez, ubicada en el municipio Mariel.
-Ay, qué les voy a contar que ustedes no sepan. Mi marido me ha pegado tarros de todos los colores y lo más jodío es que no ha sido con una mujer. Él dice que yo soy su esposa y que La Máximo es su querida, a la que le dedica más tiempo y atención que a mí –comenta Josefa, sonriente, cuando el grupo de vecinas que pasan el apagón sentadas en la acera se han puesto a comentar las infidelidades en el barrio.
-Y dilo, mi amiga. Ese hombre vive para su trabajo.
Comunista convencido, de esos militantes del partido que han interiorizado que Fidel fue un hombre perfecto que no hizo más porque los americanos no lo dejaron, Isidro Manrique Cruz considera que haber obtenido un puesto de operario en ese centro de importancia estratégica es un regalo precioso que le dio la vida en 2002.
-Servir a la patria desde aquí es un privilegio que no se paga con nada -dijo, emocionado, cuando le toco hablar por micrófono la tarde en que él y otros 14 esforzados trabajadores maximistas recibieron ese diploma de reconocimiento que Isidro, orgulloso del deber cumplido, no tardó en colgar en la sala de su hogar.
Yosil, 15 años, es el nieto preferido de Isidro. El muchacho, listo como es, le ha cogido el tranquillo a la informática y le configuró el celular a su abuelo para que pudiera navegar sin problemas por Internet. Aunque a Isidro no le gusta entrar en las redes sociales, –”son nidos de anticomunismo, pagados por el imperialismo”, afirma– de vez en cuando, por curiosidad, se deja caer por Facebook para ver qué publican los gusanos.
Hoy, como casi todos los días, La Máximo Gómez está fuera de servicio. En un aviso, la UNE ha dicho que la avería se produjo por un salidero en el condensador mediano de presión abultada, pero Isidro y todos sus compañeros saben que eso es mentira, que la caldera reventó porque ha estado funcionando 25 años después del fin de su vida útil y nadie se ha ocupado de reemplazarla por otra nueva.
Isidro lleva 15 horas seguidas allá abajo, en las entrañas de la central, manchado de grasa desde la cabeza hasta los pies, sudando como un caballo, respirando el aire viciado, fajado con la soldadura de la singá caldera. A las 3 y cuarto de la madrugada, siente que no puede más, que el cansancio le vence, y pide permiso al capataz para cogerse un diez.
En el pequeño comedor de la termoeléctrica, mientras mastica el pancito con pasta que le han dado, Isidro enciende su teléfono y se topa con un post que ha subido Díaz-Canel. “La nueva caída del SEN, con muy pocos días de diferencia, añade tensiones a la recuperación, pero los eléctricos no se rinden”, ha escrito el presidente y primer secretario del Comité Central.
Al leer aquello, al comprender que el descomunal esfuerzo de él y sus compañeros en la lucha contra los apagones ha sido convertido, una vez más, en un slogan triunfalista por un inútil que no le llega ni al tobillo a Fidel, Isidro siente que un rayo le ha caído encima, que la copa de su paciencia se ha llenado con la última gota y, encabronado, estalla como la caldera.
Tal y como está, grasiento y débil, se acerca a la puerta de entrada de la central y se dirige al custodio recostado en el el taburete.
-Frómeta, diles a los demás que me fui.
-¿Así? ¿Sin quitarte el uniforme ni el casco?
-Me los llevo de recuerdo porque no pienso pisar este lugar más nunca en mi puñetera vida.
Del partido y de la empresa llamaron varias veces. Josefa les dijo que Isidro no estaba enfermo, que no se iba a poner al teléfono ni volver a su trabajo porque su decisión de abandonar La Máximo era firme.
Un par de horas después de la última llamada, un carro patrullero se detuvo delante de la casa. Cuando Josefa abrió la puerta, el policía y el de la Seguridad, con caras serias, le dijeron que venían a llevarse arrestado a Isidro.
-¿Y eso? ¿Qué ha hecho mi marido para que ustedes…?
-Se rindió. Y eso es un delito grave porque nuestra revolución ha dicho que los eléctricos no se rinden.
Nota del Redactor: Este texto es una obra de ficción que, si bien parte de situaciones y hechos reales, no debe ser aceptada como verdadera al 100%.






