Entre el velorio y el entierro de la revolución

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- La mal llamada revolución cubana hace mucho dejó de ser un proyecto político. Hoy sobrevive apenas como un aparato de poder sostenido por el miedo, la represión y la inercia burocrática. Su discurso está agotado, su economía destruida, su legitimidad desapareció y su capacidad para ofrecer un futuro a la nación es prácticamente inexistente.

Podría decirse que el régimen se encuentra entre el velorio y el entierro. El cadáver político permanece expuesto, mientras quienes lo administran intentan retrasar un desenlace que ya parece inevitable.

En toda Cuba se percibe un desgaste profundo. El miedo ya no paraliza como antes. Los de abajo han perdido la resignación; los de arriba comienzan a perder la seguridad. La inconformidad crece dentro de la sociedad y también se abren fisuras entre quienes durante décadas sostuvieron el sistema. El viejo andamiaje del poder se resquebraja ante los ojos de todos.

Pero precisamente porque el final parece acercarse, es imprescindible lanzar una advertencia a la sociedad civil cubana.

Casi siete décadas de dolores y represión

Durante más de seis décadas se han acumulado dolores, injusticias, delaciones, prisiones, exilios, confiscaciones y familias destruidas. Es natural que exista resentimiento. Sería ingenuo ignorarlo. Sin embargo, una nación no puede reconstruirse sobre la base del odio.

El futuro de Cuba dependerá de la diferencia moral entre quienes oprimieron y quienes recuperen la libertad.

No debemos actuar movidos por la venganza contra los delatores, los represores o los incondicionales del régimen. Cada uno deberá responder por sus actos, pero será la ley la que determine responsabilidades, nunca la ira de las multitudes.

Si respondemos con el mismo desprecio por la justicia que caracterizó a la dictadura, habremos cambiado únicamente a los protagonistas, pero no la naturaleza del poder. Si perseguimos sin garantías, si humillamos sin juicio o castigamos sin derecho, terminaremos reproduciendo aquello que durante tantos años condenamos.

La nueva República no puede nacer contaminada por los mismos métodos que destruyeron la anterior.

Cuba necesitará memoria, porque olvidar sería una traición a las víctimas. Necesitará verdad, porque sin ella no habrá reconciliación posible. Necesitará justicia, porque la impunidad alimenta nuevos abusos. Pero también necesitará serenidad para impedir que el rencor sustituya al derecho.

La necesidad de instituciones fuertes

Las grandes democracias no se construyen sobre la revancha, sino sobre instituciones fuertes capaces de garantizar que nadie vuelva a situarse por encima de la ley.

Ese debe ser el compromiso de todos los cubanos.

Cuando llegue la hora definitiva, que llegará, el estandarte deberá ser la ley; el escudo, el decoro; y el objetivo, la reconstrucción de una República donde jamás vuelva a imponerse la voluntad de un hombre, de una familia o de un partido sobre la voluntad soberana de la nación.

Ese fue, en esencia, el ideal republicano de José Martí: una patria fundada en la dignidad, la justicia y el respeto a todos los derechos.

Solo así la libertad dejará de ser una victoria momentánea para convertirse en una obra permanente de la República.

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