La mujer que se negó a estar muerta

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Edimburgo, 1724. Una ciudad de piedra gris y moral severa, donde una mujer pobre no valía más que el pescado que vendía. Maggie Dickson era pescadera de Musselburgh, con un marido que se esfumó más rápido que el humo y dos críos que sacar adelante. Se buscó la vida como sirvienta en una posada de Kelso, y allí, como suele ocurrir cuando una está sola y el mundo aprieta, se lió con el hijo del dueño.

El problema no fue el amor, sino el embarazo. En la Escocia calvinista de entonces, eso no era un pecado: era un delito. Y Maggie, muerta de miedo, hizo lo que tantas hicieron: escondió la barriga y rezó para que el milagro llegara antes que la justicia.

El milagro no llegó. El niño nació antes de tiempo, y nadie supo si llegó muerto o se fue poco después. Lo que sí se sabe es que Maggie, temblando como un junco, dejó el cuerpecito en la orilla del Tweed, quizá con la ingenua esperanza de que alguien le diera tierra sagrada. Alguien lo encontró, sí, pero también encontró el rastro hasta ella. La Ley de Ocultación de Embarazos no perdonaba: la acusaron de infanticidio y la sentenciaron a la horca. El 2 de septiembre, el Grassmarket se llenó como si fuera domingo de feria. Maggie subió al cadalso, y el verdugo, un tal Dalgliesh, cometió el primer error de su carrera: no le ató bien las manos.

La resurrección

Mientras se mecía en el aire, Maggie intentó aflojarse el nudo con los dedos. La multitud, que aquel día estaba de mal humor, empezó a apedrear al verdugo por torpe. Colgó el tiempo reglamentario. Un médico la certificó muerta. La metieron en un ataúd de madera basta y emprendieron el viaje de vuelta a casa. Pero a mitad de camino, los porteadores decidieron que el trago merecía un trago, y pararon en una posada.

Fue entonces cuando el ataúd empezó a moverse. Golpes, crujidos, gemidos. La gente salió corriendo, convencida de que el fantasma de Maggie venía a cobrarse su venganza. Cuando alguien armado de valor levantó la tapa, allí estaba ella: sudada, pálida, pero viva. Nadie sabe bien cómo sobrevivió. Quizá el nudo mal hecho. Quizá su cuello era más fuerte que la soga. Quizá la suerte, esa vieja amiga de los desesperados, le echó un cable.

El problema ahora era legal, que es lo más complicado cuando alguien se empeña en resucitar. ¿Qué se hace con una condenada a muerte que ya ha muerto, o eso certificaron, y ha vuelto? Los jueces de Edimburgo, que tenían más sentido práctico que teológico, encontraron la salida: la ley solo puede matarte una vez por el mismo delito. Y la sentencia ya se había ejecutado. Colgarla otra vez sería ajusticiar dos veces a la misma persona, y eso ni la Escocia más puritana estaba dispuesta a tragarse. La dejaron libre. Así, con un vacío legal y un certificado de defunción que ya no servía ni para encender la chimenea.

Maggie regresó a Musselburgh convertida en leyenda. La bautizaron como Half-Hangit Maggie, «La medio colgada», y hasta su marido, el que la había abandonado, volvió arrastrándose al saber que su exmujer era ahora la mujer más famosa de Escocia. Se reconciliaron, tuvieron más hijos, y ella siguió vendiendo pescado hasta que la muerte, esta vez de verdad, la encontró cuarenta años después. Hoy, en el Grassmarket, un pub lleva su nombre. Porque a Maggie, alguien —la vida, la justicia o la casualidad— aún le debe una ronda bien larga.

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