Crónica del descontento: Santa Fe arde y la esperanza se clava en el pecho

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Por Ramón García Guerra ()

La Habana.- Después de tres días de protestas en contra de la desidia del Gobierno, en mi barrio (Santa Fe, Playa) se produjo una escalada en el conflicto y hoy se espera que sea un enfrentamiento más violento entre la policía y los inconformes.

Luego ayer fue bloqueada la vía Panamericana con basura que después fue quemada.

«Ellos dieron palos –dice una chica que estuvo en medio del combate–, pero nosotros les dimos más golpes.» Entonces vi en 7ma y 284 salir de la oscuridad a un negrón que le dio un calderazo por la cabeza a un antimotines.

¡Fuera de combate!

Escuché a una madre gritar a centímetros de distancia de la nariz del jefe de las tropas antimotines: «Hace tres años que no veo a mi hija, ¿sabe por qué? Porque ustedes le robaron su futuro en nombre de una Revolución que ella nunca llegó a conocer.»

Advierto que, dada la expresión corporal del militar, aquel no era su mejor momento.

También fui testigo de la discusión entre un jubilado de Comunales y un cuadro profesional del Partido, donde aquel demostró la incompetencia del Gobierno en la gestión de los residuos urbanos con sólidos argumentos y cifras exactas sobre los ingresos en divisas de esa institución en este municipio.

Quizá lo más vergonzoso fue la arenga de la Delegada, con un policía a sus espaldas, ante un grupito de 10-12 vecinos: «Ahora van a saber –dijo la señora– cuál es la situación en el país. Porque nos hemos mal acostumbrado al DAP y ahora estamos como los demás». Pienso que esta señora tiene sus días contados como representante del Gobierno en la comunidad, porque de ella se espera que hiciera lo contrario.

«Señora, no olvide –dijo una vecina, con voz firme y airada– que usted es la representante del pueblo ante el Gobierno y no al revés.»

Durante los actos de protesta se vio a la policía política vestida de civil tomando testimonio gráfico de los presentes; se sabe, para después realizar una acción represiva más personalizada entre los inconformes, que va desde la neutralización de los cabecillas hasta la penetración de redes de resistencia en la comunidad.

También vi a una abuela desesperada que buscaba a su nieto entre el tumulto y lo llamaba con su nombre y apellidos. «Abuela, usted acaba de achicharrar a su nieto», le dijo un chico desconcertado.

«Ellos son una maquinita de crear enemigos», me dijo susurrando al oído un amigo.

Desde luego, se sabe que ese tipo de acción de los órganos de la Contrainteligencia está condenada al fracaso, pero ellos insisten en justificar el salario sin advertir el impacto social y las consecuencias políticas del «trabajo operativo».

Frente al Banco de Santa Fe se dio una de las batallas más fuertes.

Cuando las aguas bajaron de nivel, el mando político policial del régimen en la localidad decidió encargar la custodia de la institución (con las puertas abiertas) a cinco ancianos. Aunque se sabe que el dinero no está en las bóvedas del Banco, algo se halla depositado en los cajeros automáticos. Deberían saber que la vida de esas personas vale tanto como las nuestras y que, si la Delegada tuvo protección policial, también los del Banco debían tenerla.

Estuve allí, fui testigo directo de la furia del pueblo. Durante más de seis horas conversé con padres angustiados que habían perdido a sus hijos en la multitud. Entonces les hice saber a todos cuál era mi visión al respecto.

Porque, aún cuando creo que sin una organización popular, estrategia subversiva y táctica política definida no vamos a tumbar al Gobierno, hallo muy positivo que la juventud se tome en serio lo que sucede, entienda de qué va la cosa y decida participar de forma resuelta en actos de protesta.

Creo que es mejor que irse del país.

Después de una tercera noche de turbulencias y oscuridad, por fin amaneció, y entonces me hice un café, que me estoy tomando sentado en el jardín viendo pasar a mis vecinos.

Aunque hoy la situación no ha mejorado, veo rostros iluminados, como si una esperanza se les hubiera clavado en el pecho a la comunidad. También se huele la pólvora, porque son muchos los accidentes que ocurren en Santa Fe esta mañana: desde la rotura de una panadería del Estado después de tres días sin hacer entregas a la población, hasta el intercambio de miradas cómplices entre coterráneos.

Estamos ante dos oponentes que calculan la próxima jugada a realizar sobre el terreno.

Carece de sentido que aconseje a quienes considero enemigos de mi pueblo, pero me veo obligado a dar mi opinión a los míos acerca de los peligros que nos acechan y aquello que creo debemos hacer de inmediato.

Deben saber, ante todo, que vamos a contestar a la represión del régimen con contundencia y sin dejar una sola duda al respecto.

Somos 95 contra 1: ese es el balance de fuerzas.

Saldremos a las calles para protestar, una y otra vez, hasta que la voluntad del pueblo sea cumplida. Siendo así, la acción de masas debe resultar cada vez más consciente, con la intención de tomar por asalto las instituciones. Pienso que la lucha popular debe darse por fuera y por dentro de las mismas.

Sabemos que existe una «retaguardia en el movimiento» donde se está pensando de un modo estratégico.

Creemos que es hora de celebrar Cabildos abiertos en las noches de apagones y debatir los asuntos más importantes para nosotros. Debemos abrir un diálogo y crear consensos, para luego fijar posiciones en asuntos que son vitales para la comunidad.

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