Dallas, la tierra que nos debe un abrazo

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Por Yoyo Malagón (Enviado Especial)

Inglewood.- Hubo que sudarlo, claro que sí, porque esto no es un paseo por el Retiro, esto es un Mundial y los cuartos de final son el filtro donde los sueños se convierten en pesadillas o en billetes para la gloria. Y España, la que tantas veces ha picado piedra en este desierto de la exigencia, ha vuelto a encontrarse con la tierra prometida. Esas semifinales que solo habíamos probado una vez, en aquel éxtasis del cabezazo de Puyol ante Alemania que hizo temblar los cimientos de medio país, vuelven a abrirnos sus puertas.

Y no ha sido por casualidad, sino por un gol de Merino, el mismo de San Fermín, el de los milagros, el que entra en el minuto 86 y nos devuelve a la élite. Allí, al otro lado del espejo, nos espera la niña bonita del torneo, esa Francia de Mbappé que parece una declaración de principios. Palabras que saben a gloria cuando uno viene de cavar en la mina con las manos desnudas. Dallas, allá vamos.

Cuando supimos que Pedri no estaría, la pregunta fue un latigazo: ¿por qué? Pero al instante, el raciocinio se impuso: ¿y por qué no? El canario, bendito y talentoso, no había encontrado su brújula en este campeonato, y seguro que él, que es un señor, lo sabe mejor que nadie. Así que De la Fuente, con la cabeza fría y el instinto caliente, buscó la alternativa. Y en Fabián, nuestro pensamiento viajó dos años atrás, a esa Eurocopa donde Pedri se rompió y el sevillano se vistió de salvador en semifinales y final. Era un cambio lógico, sí, pero también una declaración de intenciones.

Fabián puso el primero

Pero no todo era una cuestión de nombres propios; el rival pintaba basto y duro. Esa Bélgica que resucitó en los dieciseisavos ante Senegal, que se recompuso y endosó un 4-1 a Estados Unidos, llegaba con dos rótulos de neón que nos helaban la sangre: eran los que más kilómetros habían corrido y los que más remates habían acumulado dentro del área. Setenta, nada menos. Eso era un aviso a navegantes: el partido iba a ser un pulso de desgaste, una batalla de trincheras donde Unai Simón, hasta entonces en una burbuja de placidez, tendría que empezar a sudar la camiseta.

Y entonces, el destino, que a veces es un guionista caprichoso, quiso darle un giro de tuerca. Tielemans se cayó en el calentamiento, y el plan belga se resquebrajó antes de tiempo. Pero ojo, que no se confunda la ausencia con la falta de intensidad. Ahí estaba Doku, un torrente de diagonales y regates, dispuesto a desbordar por cualquier sitio. Porro, astuto y contundente, le dejó un par de recuerdos en los tobillos en las primeras acometidas.

El caso es que al cuarto de hora, el marcador era un cero absoluto y Courtois parecía un espectador de lujo. Solo tres remates de España, ninguno a puerta. Hasta que, en el primer chispazo de verdad, Porro se fue por la banda, puso el pase de la muerte atrás, y Olmo, en lugar de fusilar, le dejó el balón manso a Fabián para que, casi a placer, firmara el 1-0. Fue un regalo envenenado.

Merino lo rompió… otra vez

Ese tanto fue la chispa que encendió la mecha del mejor fútbol español, ese juego de primera, de toque y de asociación que hace sonreír hasta a los vips de la grada –Brad Pitt, Penélope, Noel Gallagher– y a los que estamos en el barro. Oyarzabal, con un encaje de bolillos, y Lamine, con un remate al lateral de la red, nos hicieron soñar con la goleada. Pero el fútbol, ese hijo de puta, tiene la costumbre de escupirte justo cuando estás más alto. Al filo del descanso, en el 41, un cabezazo de De Ketelaere al primer remate belga a puerta nos devolvió a la realidad con un martillazo en la nuca. La sonrisa se congeló, el himno se atragantó y hubo que empezar de nuevo.

Pero de esos golpes, de esos mazazos, se forjan las leyendas. España quiso conectar el cable roto, y al ver que no podía, compró dos nuevos: Pedri y Ferran. Courtois, que hasta entonces había sido una sombra, empezó a crecerse, a parar lo que parecía imparable, mientras que las contras de Lukaku nos ponían el vello de punta.

Hasta que, en otra de esas ayudas divinas que nos persiguen (como la lesión de Tielemans), el gigante belga se tuvo que retirar cojeando. Entró Lammens, un novato bajo los palos, y el partido se convirtió en un asedio. De Bruyne, tocado, sacó bandera blanca, y mientras Merino calentaba en la banda, el tiempo se nos escapaba como agua entre los dedos.

Entró en el 86′, y en dos miserables minutos, en dos eternidades, el pamplonica hizo lo que mejor sabe: aparecer. Un rechace de Lammens a un disparo de Cubarsí, el balón manso y él, Mikel, para empujarlo y desatar la locura. Meta retratado, héroe en los altares y España, por segunda vez en su historia, en las semifinales de un Mundial. Un día de cine en Los Ángeles, una noche de gloria para un país entero.

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