Comparte esta noticia

Por Luis Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Todo lo cotidiano termina convirtiéndose en costumbre. Si no tienes alimentos, te acostumbras a comer únicamente lo necesario para mantenerte con vida. Si no tienes electricidad, te acostumbras a la oscuridad. Si no tienes agua, te acostumbras a beberla cuando la consigues y a bañarte cuando puedes. Así, la sociedad va acumulando carencias que, con el tiempo, dejan de percibirse como tales porque la gente termina acostumbrándose a vivir de ese modo.

Es como mirar hacia adelante mientras se camina hacia atrás. En el mejor de los casos, uno se estanca y deja de avanzar.

Digo lo anterior porque así vive el pueblo de Cuba: acostumbrado a la miseria, camina con los ojos puestos en la nuca, culpando a la resignación de su propia desgracia.

Los cacerolazos en la isla se han vuelto tan cotidianos que también se han convertido en una costumbre. Todos los días cientos de cubanos salen a golpear cazuelas para expresar su descontento y pedir libertad. Sin embargo, la repetición de estas manifestaciones ha terminado por normalizarlas. El gobierno ya las conoce y, aparentemente, no le preocupan. Incluso se burla de ellas, invitando a los manifestantes a ir a tocarles las cazuelas al vecino del norte.

De hecho, el propio dictador llegó a compararlas con el “cubaneo”, afirmando que se trata de un comportamiento social asociado con la jerga popular cubana. En otras palabras, pretende hacer creer que no son protestas, sino simples pachangas callejeras.

Pero no se puede vivir únicamente para respirar y seguir existiendo. La costumbre hace al monje, pero no debería hacer al cubano. Es necesario salir del atolladero de la miseria y romper con esa costumbre de vivir por vivir.

Vivir no puede reducirse a calentar agua para bañarse, beberla tibia por necesidad, comer cualquier cosa solo para decir que se ha comido, permanecer sin electricidad y sin la esperanza de alcanzar una vida mejor. Porque la mala vida deja de ser una circunstancia cuando se convierte en resignación, y la resignación, con el tiempo, termina siendo una costumbre.

Esa costumbre permanece clavada en el pueblo cubano como un clavo oxidado en una vieja barca: deteriorándola lentamente, mientras la obliga a seguir flotando sin rumbo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy