Trabajar más duro y creer más: el sacrificio inútil

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Por Albert Fonse ()

Vancouver.- Si hay un personaje y un relato de La rebelión en la granja de George Orwell que siempre me hace pensar en Cuba, es el de Boxer, el caballo.

Boxer era el trabajador incansable. Nunca cuestionaba las órdenes ni las promesas de la revolución. Vivía guiado por dos frases que definían toda su existencia: «Trabajaré más duro» y «Napoleón (Castros) siempre tiene razón».

Napoleón era el cerdo que, poco a poco, se convirtió en el dueño absoluto de la granja. Expulsó a sus rivales, entrenó una jauría de perros para imponer el miedo (seguridad del Estado), eliminó toda oposición y utilizó la propaganda para convencer a los demás animales de que cada decisión era por el bien de la revolución. Con el tiempo, terminó disfrutando de los mismos privilegios que antes denunciaba.

Confiando ciegamente en Napoleón, Boxer entregó toda su vida al trabajo. Nunca pidió privilegios. Nunca exigió explicaciones. Solo trabajó más y creyó más. Estaba convencido de que, si las cosas iban mal, la solución era esforzarse todavía más.

Cuando su cuerpo ya no pudo soportar tantos años de sacrificio y cayó enfermo, Napoleón hizo lo que hacen todas las dictaduras con quienes ya no les son útiles: lo vendió al matadero para obtener dinero y comprar whisky para los cerdos.

La traición no terminó ahí. Squealer (Granma, TV cubana, Mesa Redonda, Humberto, Serrano), el cerdo encargado de la propaganda, anunció que Boxer no había sido vendido, sino que había muerto en un hospital veterinario, rodeado de cuidados y agradeciendo a Napoleón hasta su último aliento. La mentira sustituyó a la verdad, y la propaganda convirtió una traición en una historia heroica.

Es imposible leer este relato sin pensar en Cuba. ¿Cuántos Boxers ha tenido nuestro país? Miles de cubanos entregaron toda su vida creyendo que trabajaban por una sociedad más justa. Repitieron consignas, hicieron sacrificios, soportaron privaciones y confiaron en una revolución que prometía igualdad y prosperidad. Muchos murieron en la pobreza, con pensiones miserables, sin disfrutar jamás del futuro que les prometieron, mientras la élite gobernante acumulaba privilegios.

George Orwell escribió La rebelión en la granja en 1945, catorce años antes del triunfo de la Revolución cubana. Aun así, parece haber descrito con extraordinaria precisión el destino de millones de personas que lo dieron todo por un sistema que, cuando dejaron de ser útiles, simplemente las abandonó.

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