El arroyo que repartía palos

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay una palabra latina que, sin que nadie se lo propusiera, parió tres destinos completamente distintos. La palabra es rivus, y en latín significaba simplemente «arroyo». De ella nos vienen río, rival y derivar. Un mismo hilo de agua que, como veremos, tenía un talento especial para enredar a la gente.

Río es la hija obediente. La *v* intervocálica se desgastó con los siglos, como casi todo en el Imperio tardío, y rivus se fue quedando en rius y luego en río. Pero el rivus romano no era el caudal imponente que hoy imaginamos: era un arroyo modesto, un hilo de agua entre fincas. Para los ríos grandes, los de verdad, los que no se cruzan a pie, los romanos reservaban fluvius. El rivus era la cosa humilde, casi insignificante. Eso sí, con una capacidad extraordinaria para pudrirle la vida al vecino.

Y aquí llega la joya. Rival viene de rivalis, que en latín significaba «el que comparte el mismo arroyo». Literalmente: el vecino de riachuelo. Imaginen la escena: dos granjeros que dependen del mismo hilo de agua para regar. El de arriba desvía un poco el cauce, construye una presa de mala muerte, y el de abajo aparece con un vocabulario de legionario. Esos rivales litigaban, se insultaban y, cuando se cansaban de litigar, se arreglaban a garrotazos. De ahí a «enemigo declarado» hubo solo un paso, tan frecuente que el idioma lo dejó escrito. Luego los poetas ampliaron el término al amor, pero en el fondo un rival no es más que un tipo que te está robando el agua.

Derivar fue el tercer parto. Viene de derivare: el prefijo de —«alejarse de»— y nuestro rivus. Significaba exactamente eso: desviar un curso de agua. Los ingenieros romanos derivaban ríos para sus acueductos, y de ahí la palabra saltó a cualquier cosa que se aparta de su origen: un barco, una conversación, el sentido de una frase. La imagen sigue intacta: algo que fluía en una dirección y un buen día decidió tomar otra.

El idioma, como el agua, siempre encuentra su camino. Lo que no avisa es de que, a veces, por el camino, le parte la cara al vecino.

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