El puro antes del gas

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- En la fotografía, Jack Sullivan fuma un puro y sonríe. No está celebrando nada: está a pocos minutos de entrar en la cámara de gas de la prisión estatal de Arizona. Tiene veintitrés años y el gesto de quien acaba de pedir la cuenta en un bar. La imagen es de 1936, pero el desconcierto que produce sigue intacto.

Sullivan había matado a un agente ferroviario que fue antes sheriff, un tal John Bradbury, durante un registro rutinario a un grupo de vagabundos que bajaban de un tren de carga. Lo condenaron sin demasiadas contemplaciones. La madrugada del 15 de mayo, el muchacho bebió un vaso de whisky, encendió un puro y echó a andar hacia la muerte ante sesenta y dos testigos. Los periódicos destacaron su tranquilidad, como si el valor se midiera por la cantidad de humo que se puede exhalar sin que tiemble la mano.

Mientras avanzaba dijo lo que cualquier chico de su edad diría si quisiera hacerse el duro: “Me siento bien. Voy a seguir adelante”. Nada de discursos. Nada de frases para la posteridad. Solo la bravuconería de un crío que se niega a darles el espectáculo que esperan.

Cuando le preguntaron si deseaba algo más, aún tuvo reflejos para bromear: “Podrían conseguirme una máscara antigás”. Después lo ataron a la silla, soltaron los vapores y él dejó caer el puro para respirar hondo, como si aspirara la última bocanada de una fiesta que ya terminaba. La hora oficial de la muerte fueron las 5:01 de la mañana.

Con los años, la foto empezó a circular acompañada de un largo discurso sobre el sentido de la vida que él nunca pronunció. Lo único que sobrevivió de verdad fue esa sonrisa: el gesto desconcertante de un joven que, frente a decenas de curiosos y un fotógrafo, decidió cubrirse la cara con una máscara de humo para no dejar ver el miedo que le quemaba por dentro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy