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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Ahora que el régimen nos quiere hacer creer que todo el problema es el bloqueo energético de Trump, que si la electricidad, que si el petróleo, que si el combustible que no llega, conviene recordar una verdad incómoda: el cubano no vive de electricidad, vive de comida. Y la comida, esa que hoy escasea en todos los mercados y que se ha vuelto un lujo para la mayoría, no desapareció de la isla porque un presidente estadounidense apretara una llave. La comida empezó a faltar mucho antes, cuando un hombre con barba y obsesión de control decidió que el campesino no podía ganar más que el burócrata.

Hubo un tiempo, sí, en que el campo cubano producía de verdad. A principios de los años ochenta, los llamados mercados libres campesinos eran un hervidero de vida: tomates, viandas, frutas, carne, todo a precios que hoy parecen de ciencia ficción. El campesino trabajaba la tierra, levantaba su cosecha, vendía el excedente y se ganaba la vida con dignidad. La libreta de abastecimiento funcionaba, los comedores estatales tenían comida y la población no pasaba hambre. Pero al Comandante nunca le cuadró mucho que la gente tuviera dinero en el bolsillo, porque el dinero, en su doctrina, era el enemigo.

La cruzada contra los campesinos

Y entonces llegó 1986. Ese año, que nadie recuerda con carteles ni desfiles, fue el año en que Fidel Castro, después de un viaje a Corea del Norte que lo dejó fascinado con el culto al Estado, decidió dar el golpe de gracia a la iniciativa privada en el campo. El 17 de mayo de 1986, en un encuentro de cooperativas, se eliminaron los Mercados Libres Campesinos. Al día siguiente, Castro los acusó de ser «lumpens, antisociales, llenos de ambición de ganancia». Y con esa sentencia, borró de un plumazo el único espacio donde el cubano podía comprar comida de verdad sin depender del Estado.

La supresión no dolió de inmediato, porque en 1986 la libreta aún funcionaba (a medias como siempre) y el CAME enviaba insumos baratos y combustible a precio de hermano. Pero quienes tomaron esa decisión sabían, o deberían haber sabido, que estaban poniendo una bomba de tiempo debajo de la mesa de cada familia cubana. Porque cuando el campo socialista colapsó en los años noventa y los barcos soviéticos dejaron de llegar, Cuba se quedó sin fertilizantes, sin maquinaria, sin combustible y, sobre todo, sin campesinos motivados para producir. El éxodo del campo había comenzado justo en 1986, cuando al agricultor le dijeron que su esfuerzo no valía nada.

El precio de las políticas erradas

La historia luego se repitió con el Periodo Especial, con el Maleconazo, con la apertura de los mercados en 1994 ya con el dólar en circulación, cuando el daño ya estaba hecho. Pero el patrón siempre fue el mismo: el régimen permite una pequeña apertura cuando está desesperado, y cuando la gente empieza a respirar, la cierra de golpe.

Hoy importamos hasta azúcar, nosotros que antes producíamos ocho millones de toneladas. Somos un país que no produce lo que come y come lo que importa, y eso no es culpa de Trump ni de la caída del socialismo. Es la consecuencia lógica de haber matado al campesino, al productor, al que realmente sabe sacarle comida a la tierra.

La humanidad ha sobrevivido milenios sin petróleo y sin electricidad, pero nunca sin comida. El cubano de hoy no necesita que le expliquen el bloqueo energético con gráficos y discursos; necesita que le devuelvan la posibilidad de cultivar, de vender, de comer lo que produce. Pero para eso haría falta reconocer que el verdadero error no fue 1990 ni 2020, sino aquel 1986 en que un hombre decidió que un campesino con dinero era más peligroso que un pueblo con hambre. Y esa decisión, señores, la pagamos todos los días en la mesa.

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