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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Antes de todo, gracias a Pasajes de Vidas por traer este tema a colación justo en este momento, cuando el régimen pretende que el pueblo cubano vuelva a confiar en ellos después de tantos descalabros, tantas humillaciones y tantas veces en que la vida del cubano ha sido sacrificada en nombre de un experimento fracasado.

El tema del Plan Maceta no pertenece solamente al pasado. Es una ventana perfecta para entender el presente. Porque aquella mentalidad no murió; simplemente cambió de uniforme, de lenguaje y de escenario.

Ya desde el IV Congreso de la UJC, el 4 de abril de 1982, Fidel Castro dejaba clara la raíz del problema. Su discurso no era solo contra el robo, ni contra la corrupción, ni contra la riqueza mal habida. Era contra el lucro, contra el enriquecimiento individual, contra el comerciante independiente, contra el artesano que ganaba más de lo que el Estado consideraba permitido. En esencia, el mensaje era este: en la revolución nadie podía prosperar por cuenta propia sin convertirse en sospechoso.

La trampa del castrismo

Ahí está la trampa moral del castrismo. Primero destruyeron la economía natural de un país. Después centralizaron todo en manos del Estado. Luego provocaron escasez, ineficiencia, dependencia y miseria. Y cuando el cubano, con su iniciativa, encontraba una manera de resolver, entonces lo acusaban de especulador, de burgués, de ladrón o de enemigo de la moral socialista.

La falacia era evidente: según Fidel, si alguien prosperaba, tenía que ser porque robaba materias primas al Estado o porque se aprovechaba de las necesidades del pueblo. Nunca aceptaron una verdad mucho más simple: mucha gente prosperaba porque trabajaba, inventaba, reciclaba, reparaba, producía y vendía mejor que el propio Estado.

También usaban otra manipulación: comparar al zapatero, al camionero o al artesano con el médico, el maestro o el obrero calificado. Decían que era una injusticia que un particular ganara en un día lo que un profesional ganaba en un mes. Pero la pregunta correcta nunca fue por qué el particular ganaba más; la pregunta correcta era por qué el Estado le pagaba una miseria al médico, al maestro y al obrero.

La misma película

Cuarenta años después, la película es la misma, pero más grotesca. Hoy un profesional cubano no vive de su salario. Un médico, un maestro o un ingeniero puede trabajar toda una vida y no poder comprar ni lo básico. Mientras tanto, el régimen culpa a las mipymes, al vendedor, al importador, al dueño del negocio, a cualquiera menos al verdadero responsable de haber destruido el peso cubano, la producción nacional y la economía del país.

El ciclo siempre ha sido el mismo: primero permiten una pequeña apertura porque están desesperados; después, cuando la gente empieza a respirar por cuenta propia, les entra el miedo; y finalmente preparan el garrote legal, político y propagandístico para volver a cerrar el corral.

Eso pasó con los mercados, con los artesanos, con los llamados «macetas», y eso mismo puede pasar hoy con las mipymes. Las necesitan porque el Estado no puede abastecer al país, pero las odian porque cada negocio privado que funciona demuestra que el modelo estatal es un fracaso.

Por eso el Plan Maceta no debe verse como un episodio aislado. Fue una advertencia de cómo piensa el castrismo: el ciudadano puede trabajar, pero no independizarse; puede sobrevivir, pero no prosperar; puede obedecer, pero no crecer demasiado.

El verdadero pecado nunca fue la riqueza mal habida.
El verdadero pecado fue la independencia.
Porque para la dictadura, un cubano con iniciativa propia siempre será más peligroso que un cubano con hambre.

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