
Los tigres que nunca llegaron
Por Esteban Fernández Roig ()
Miami.- Yo tenía catorce años. A las seis y media de la mañana mi padre me despertó y me dijo: «Batista se fue, vamos a ver lo que va a pasar».
Salí al portal. La calle estaba desierta. Por primera vez en la televisión escuché al locutor Germán Pinelli nombrar a Fidel Castro. Hasta ese momento, mencionarlo era tabú.
No sentía alegría ni tristeza, solo experimentaba una sensación de alivio. Se había acabado la guerra civil entre cubanos y eso me hacía sentir tranquilo.
Me fui al instituto. Un muchacho revolucionario llamado Godofredo, hermano del mártir Juan Borrell, intentó entregarme un vetusto rifle San Cristóbal.
Incrédulo, le pregunté: «Y eso, ¿pa’ qué?». Me respondió de mala gana: «Estamos siendo amenazados con que seremos atacados por los Tigres de Masferrer y necesitamos que vayas a cuidar la puerta trasera del plantel». Me dio risa. Supongo que estaba probándome.
Recuerdo ese momento por haber sido la escena más surrealista y absurda de toda mi vida, por las siguientes razones: una, Godofredo no me conocía; dos, aquello estaba lleno de oportunistas tratando de hacer méritos y yo no era uno de ellos, yo no era revolucionario; y tres, lo último que harían los Tigres de Masferrer —que en ese momento andaban en desbandada— era atacar un centro estudiantil en Güines.
Me negué dando una excusa baladí y tuve la suerte de que en ese momento se nos acercó el fidelista Lincoln Fontanill Cohen, cogió el rifle dominicano y se fue tontamente a cuidar la retaguardia del instituto intentando ganar galones revolucionarios.
Era la primera vez —todavía no había llegado el monstruo a La Habana— que le decía no a la revolución. Y de ahí en lo adelante, me negué a hacerles el más mínimo favor a la tiranía.
Al final de la jornada, dicen que Godofredo de Armas es un alto oficial del Ministerio del Interior de Cuba; Lincoln Fontanill Cohen ejerce de médico en Florida.
Rolando Masferrer falleció el 31 de octubre de 1975 en Miami, cuando una bomba colocada en su automóvil estalló al encender el motor.
Y yo: bien, gracias.




