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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- Una vez leí que el problema de Cuba se resumía en algo muy simple: demasiado sufrimiento, y eso tiene un costo kármico.

No sé si es cierto o no; lo que sí sé es que ese «problema» no empezó con las cifras de la economía, sino cuando a la gente se le arrancó la vida a pedazos: la casita en la loma, la bodega de la esquina, el almacén de los Hermanos López. Hubo un día en que esos comercios dejaron de oler a café para oler a inventario estatal, y el derecho a permanecer se canjeó por el silencio.

Luego vinieron los años de la orfandad preventiva: madres que enviaron a sus hijos hacia el norte, envolviendo el miedo en abrigos ajenos, desangrándose en el muelle para que el cachorro no heredara el uniforme de la doctrina.

En las aduanas, la salida definitiva y «la ley» —personificada en un miliciano o funcionario copia del dictador, barbudo, egótico y desquiciado—, que exigía desnudarse de oro y de memoria, confiscando hasta un anillo de bodas o el último billete de cinco pesos, como si el exilio fuera un delito que se paga con el despojo absoluto.

La geografía entera se volvió entonces una trampa de pólvora y sal.

Los camiones verde olivo se llenaron de adolescentes que iban al servicio militar y en realidad terminaron disueltos en el polvo rojo de Angola, librando una guerra prestada, un ajedrez ajeno donde el fuego cotizaba cada vida.

Al mismo tiempo, el Estrecho de la Florida se transformaba en un cementerio líquido, un sudario azul donde tantas madres buscaron, con los ojos secos de mirar al horizonte, los restos de balsas que nunca tocaron arena.

Y así, mientras el mar cobraba su cuota, la penumbra de los calabozos se tragaba a otros; allí donde hoy el tiempo se mide en el frío de un cemento sin derecho a la luz y la disidencia se castiga entre picaduras de chinches, hambre, violencia y vejaciones.

El mapa cubano ha terminado convertido en una diáspora de arterias abiertas.

Millones de vidas bifurcadas amanecen ahora en idiomas extraños, empujando turnos dobles en geografías frías para enviar la remesa que estira la vejez de los que se quedaron, salvándolos del abandono puro.

Mientras tanto, en las cocinas de la isla, el día no empieza con la fe, sino con el milagro seco de buscar el agua que no llega, en una sed que ya es estructural.

Es cierto. Tanta fractura acumulada ha dejado una gravedad densa, un sedimento que la historia tardará generaciones en limpiar, como si la nación arrastrara una deuda cósmica o un eclipse que se resiste a ceder.

Sin embargo, hasta la luz tiene una obstinación.

La sanación de este suelo no llegará por decreto ni por el olvido de sus muertos, sino por la lenta erosión que el dolor ejerce sobre el hierro.

Un día la memoria dejará de ser una herida expuesta para convertirse en los cimientos de una casa nueva; porque incluso bajo el manto más oscuro, la raíz cubana sabe que el agua, tarde o temprano, rompe la piedra más dura para volver a buscar el sol.

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