La dictadura convierte la grosería en discurso de Estado

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Por Joel Fonte

La Habana.- Esta imagen resume la naturaleza salvaje, grosera, desprovista de valores, de un régimen que practica sin límites todas las formas de violencia sobre el pueblo.

Estamos en la casa de unos amigos, se me acerca la hija adolescente de ambos, de 12 años, que ni siquiera es cubana, y me pregunta, indecisa, mostrándome a la vez en su teléfono una imagen parcial de la nueva farsa que desde La Habana difundió hoy el castrismo a todo el que en el mundo aún ceda a su manipulación: ¿ ‘oye Joe, y esta palabra no es grosera…?’

En efecto.

Y no se trata de un dogma de época, de nacionalidades; se trata de valores, de respeto, de todo aquello que por generaciones nos enseñan en la familia, en la escuela, sobre lo que es el pudor, las buenas costumbres.

Desde pequeño aprendí -y así he querido que lo entiendan mis hijos- que no se grita, que no se alza la voz en lugares públicos, en la calle; que no se sale de la casa sin estar correctamente vestido, con el cuerpo cubierto; que no se dicen groserías, palabras malsonantes que hieren la sensibilidad de los demás.

Aprendí todas esas reglas cívicas imprescindibles para vivir en comunidad. Porque todo eso es lo que eleva nuestra humanidad, lo que nos supera como personas de bien.

Pero el castrismo, ese régimen putrefacto que por tan largo tiempo ha ejercido el control en la isla, se ha degradado tanto dentro de su condición bárbara original, y en sus estertores, que ya no encuentra reparos en victimizar a toda la sociedad, en particular a los niños y jóvenes, difundiendo públicamente discursos de odio, hablando de muerte, de baños de sangre, graficando groserías como discurso político.

El mismo régimen que aprobó un código para la niñez, las adolescencias, las juventudes, solo para vender propaganda estéril. Eso es la dictadura de los hermanos Castro y la cúpula corrupta comprometida en sostenerla: un cartel enorme que emana todo lo que no queremos para el futuro de nuestra nación.

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