
El Estado secuestrado: cuando el padre se convierte en criminal
Por Joel Fonte ()
Por sus obras los conoceréis
La Habana.- Usted puede llevar los análisis macro políticos, macro sociales y macro económicos al terreno más doméstico, al de la vida diaria, y el análisis se simplifica enormemente. Se facilita la comprensión. Entonces, tome como base este pequeño ejemplo.
Los Estados, cuando actúan conforme a derecho, cumplen una función de bien público. Es decir, no están ahí para que los ciudadanos les sirvan ni para tomarlos como rehenes, sino al revés: todas sus funciones van dirigidas a servir a ese público que los elige mediante el voto. El voto elige, pero también castiga. Servir no significa solo proveer servicios o garantizar derechos, sino sobre todo asegurar el ejercicio de las libertades individuales, inalienables al ser humano.
Los Estados son, en cierto modo, como padres de la sociedad. Son más pequeños o más grandes según el modelo político, pero esa esencia de servicio público no varía. Entonces, ¿cómo llamaría usted a un padre —al Estado— que, lejos de cumplir con eso, se enriquece explotando a sus hijos, a la sociedad? Explotándola, mintiéndole, manipulándola, envenenándola. Eso no es un Estado. Es una organización criminal.
Los Castro acabaron con el poder público
Y es que la concepción del Estado como estructura del poder público terminó en Cuba con la irrupción de los Castro. Desde entonces, el Estado cubano está secuestrado por el totalitarismo castrista, y ello por mandato constitucional. Lo dice el artículo 5 de esa ley fundamental. Para graficarlo, basta con mirar uno de los instrumentos más recurrentes de la corrupción castrista: los dólares.
En Cuba fueron encarceladas y cumplieron brutales condenas decenas de miles de personas por el simple hecho de hallárseles en posesión de dólares. Entre sancionados, familiares y amigos, cientos de miles de personas fueron víctimas de esas arbitrariedades. A Castro le repugnaban los dólares —en el discurso— porque el comunismo soviético, que lo sostenía en el poder mientras le encargaba tareas de subversión armada e ideológica en todos los continentes, imprimía rublos.
Dólar no, dólar sí
Luego, cuando aquellas tareas de prostituta política se rompieron, Castro hizo el cínico movimiento de legalizar la posesión de dólares. Los legalizó, pero no podían usarse en el mercado minorista. Y más adelante, con esa gradualidad retorcida propia de verdugos que planifican el golpe del hacha, los fue introduciendo paso a paso. Hasta hoy, cuando la economía está informalmente dolarizada, aunque nominalmente el peso siga siendo la moneda nacional.
Hoy, en mayo de 2026, un trabajador cubano que gana como promedio entre 6 y 18 dólares al mes —según su ocupación, y que recibe una moneda nacional que apenas puede usar porque los bancos están quebrados y no tienen papel moneda— debe enfrentarse a la más salvaje de las miserias. Porque los dólares del «enemigo» de los Castro son indispensables para todo, son los que determinan el rumbo económico del país.
Es el padre alcohólico y criminal que roba y humilla al hijo, a quien trata como a un bastardo. Y es el hijo que, bajo reglas de esclavitud moderna, aún no levanta la cerviz para echar al delincuente de sus privilegios. Eso debemos hacer. Como un acto de justicia.
No más dictadura en Cuba. No más temor. Basta de tolerar injusticias.






