
El muerto que camina y el portaaviones…
Por Max Astudillo ()
LAa Habana.- Hay imágenes que valen más que mil informes de inteligencia. Y la de Raúl Castro el pasado 1 de mayo, agarrado al brazo de Machado Ventura como un anciano que necesita quien le sujete el bastón, es una de esas fotografías que resumen décadas de mentiras.
El general de 95 años apareció en el desfile habanero más parecido a un cadáver erguido que a un líder revolucionario. Flaco, desgarbado, perdido. Y lo más trágico no es verlo así, sino comprobar que quien lo sostenía —Machado Ventura— lleva tiempo sin poder sostenerse ni a sí mismo. El espectáculo era tan patético como revelador: el régimen castrista se sostiene sobre dos piernas que ya no responden.
Pero si Raúl es el pasado que se desmorona, Díaz-Canel es el presente que tiembla. Su lenguaje corporal en aquel mismo desfile no engaña a nadie. El mandatario mira al suelo, evita los gestos firmes y camina como quien sabe que el piso se va a hundir en cualquier instante. No hay convicción en sus ojos, no hay discurso que pueda tapar el vacío.
Y mientras el tiburón huele la sangre, los peces pequeños se agitan. Gerardo Hernández, el espía condecorado, sale a vociferar frases inconexas que ni él mismo se cree. Es el perro que ladra a un mastín detrás de la pared sabiendo que, cuando el otro encuentre la puerta, se le lanzará al cuello. El miedo, amigos, no se disimula por más himnos patrióticos que se entonen.
Trump aprieta el cerco
Y entonces llega Trump. Porque si hay algo más aterrador para un dictador que su propio pueblo, es el vecino del norte con el puño levantado. El presidente estadounidense fue claro como un cristal en su intervención en el Forum Club de West Palm Beach: «Tomará el control» de Cuba «casi de inmediato».
Pero primero, dice, terminará el trabajo en Irán. Y después, cuando el portaaviones USS Abraham Lincoln —el más grande del mundo, ojo— navegue hacia el Caribe y se detenga «a unos 100 metros de la costa», los isleños, según sus propias palabras, dirán «muchas gracias, nos rendimos». Puede sonar a bravuconada. Pero cuando las bravuconadas vienen acompañadas de hechos, se llaman política exterior.
Porque no son solo palabras. Esta misma semana, la Administración Trump redobló las sanciones contra los pilares de la economía cubana: energía, defensa, minería y servicios financieros. Cualquier empresa o persona que toque esos sectores sufrirá el bloqueo total de sus activos en EE.UU.
Y Marco Rubio, secretario de Estado, acusó a La Habana de albergar servicios de inteligencia de «los adversarios» de Estados Unidos a solo 90 millas de su territorio. El Senado, además, rechazó una propuesta demócrata para limitar posibles operaciones militares. Todo suena a cuenta regresiva.
Peor no se puede estar
La pregunta entonces no es si el castrismo caerá. La pregunta es cuándo. El régimen lleva siete décadas sobreviviendo al hambre, al aislamiento y a sus propios errores. Pero el hambre no se combate con himnos, el aislamiento no se disfraza de soberanía, y los errores acumulados durante tres generaciones ya pesan más que cualquier ideal.
Cuando el líder parece un muerto que camina, cuando sus sucesores actúan como condenados en el corredor de la muerte, cuando el gigante del norte anuncia su portaaviones a 100 metros de la costa… es que el final está cerca.
Y aquí va el mensaje de esperanza, querido lector, porque Cuba no puede estar peor de lo que está ahora. No puede haber más colas, más apagones, más miedo a hablar.
El día que el castrismo caiga —y será pronto— los cubanos no perderán una patria: la recuperarán. Y entonces, quizás, podrán mirar al sol sin pedir permiso, viajar sin que les pregunten a dónde van, y recordar aquel 1 de mayo de 2026 como el último suspiro de un cadáver que tardó demasiado en enterrarse.
La libertad, amigos, no es un lujo. Es el único puerto al que siempre se vuelve. Y este barco, por fin, está atracando.






