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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- No hay declaración oficial, pero la imagen de Lis Cuesta, primera dama de Cuba, comienza a parecerse más al final de una función que al inicio de una ceremonia. Cada aparición pública deja una sensación incómoda: el rostro serio, la mirada clavada en el piso, los hombros hundidos como quien camina con una sentencia encima.

Esa mujer, que debiera ser el rostro amable del régimen, luce más compungida que un rehén. Y en el lenguaje corporal no hay casualidades. Cuando alguien mira al suelo de esa manera, no está reflexionando: está midiendo la caída. Sabe, tal vez antes que muchos, que el cierre decretado por Donald Trump —esa mano dura que asfixia al Castrismo desde fuera— no es una bravuata más. Es una llave girando en la cerradura de la salida.

Y mientras el pueblo cubano se acostumbra a la oscuridad de los apagones y a la roncha de cada día, la primera dama tiene un puente tendido hacia España. No es un rumor barato: su hijo, Manuel Anido Cuesta, exnovio de Ana de Armas y otrora jefe de la escolta personal de Díaz-Canel, ya está instalado en Madrid, estudiando en una universidad cara.

El muchacho cambió el fusil por la mochila europea con una naturalidad que espanta. Y la madre, con esa mirada de quien ya no espera nada, parece estar haciendo las cuentas: ¿me quedo en la isla viendo cómo se derrumba el invento, o tomo un vuelo y voy a reunirme con mi sangre?

El plan B

Si Lis Cuesta termina cruzando el charco, no será la primera ni la última. Pero hay un detalle fino que no se le escapa a nadie: la salida de la primera dama no sería un gesto privado. Sería una grieta pública en la fachada del régimen. ¿Cómo pide sacrificio eterno un poder que tiene a su familia viviendo en la madre patria, o en Estados Unidos? En Cuba, el comunismo es para el pueblo. El plan B, casi siempre, es capitalista y con pasaporte rojo. Y si ella se va, la pregunta no será adónde, sino cuándo saltará la liebre que le siguesposo.

Pero hay otra posibilidad, menos estética y más cruel. Si no se va a España —que aparece como su único destino probable, por el hijo y por los papeles que se intuyen—, Lis Cuesta podría terminar acompañando a Díaz-Canel a algún sitio desagradable. No sería novedad. La historia del socialismo del siglo XXI tiene un manual de esposas fieles hasta el final del callejón: baste recordar a Cilia Flores, la mujer de Nicolás Maduro, pegada al hombre incluso cuando el mundo le cerró las puertas y su país se desangró. Una primera dama puede ser joya o escudo. Y a Lis Cuesta, con ese gesto compungido que ya no puede disimular, se le nota el miedo a que le toque ser escudo en la peor de las trincheras.

El tiempo corre, y Trump aprieta. La sensación que deja la primera dama cada vez que parpadea en cámara es la de alguien que ya hizo la maleta, aunque nadie se atreva a decirlo. La pregunta incómoda no es si ella quiere irse, sino si el régimen podrá detenerla. Porque cuando la esposa del capitán mira al piso, no es humildad: es que ya vio el abismo. Y si España es la salida, que le pregunten a su hijo Manuel si su madre terminará pidiendo un café en la misma acera donde él ya no mira hacia atrás.

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