El pájaro que nunca voló en Alcatraz

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Miren, no se dejen engañar por el cine. Lo llamaron el Hombre Pájaro de Alcatraz. Y ya con eso le endilgaron una ternura que nunca tuvo. Porque Robert Stroud no era ningún sabio inofensivo con gafas de pasta y un canario en el hombro. Era un asesino de los de verdad, de esos que te miran feo y ya sabes que todo va a salir mal.

El tipo llegó a prisión en 1909. ¿El motivo? Mató a un hombre en Alaska. Y ya desde entonces, en la isla McNeil, se ganó a pulso la fama de violento. Pero lo gordo vino después, en Leavenworth.

Allí, en 1916, delante de más de mil presos —mil, oigan bien—, Stroud cogió un cuchillo y le quitó la vida a un guardia. A sangre fría. Así nomás.

Lo condenaron a muerte. Y ahí debió terminar la historia. Pero la mamá de Stroud, que era una mujer de cuidado, movió los hilos suficientes para que el presidente Woodrow Wilson le cambiara la pena por cadena perpetua.

Y desde entonces, el hombre pasó la mayor parte de su vida en aislamiento. Solo. Cuatro paredes. Un agujero.

¿Y lo de los pájaros?

Eso vino después. En Leavenworth, Dios sabe por qué razón, a Stroud se le ocurrió criar canarios. Y el tipo, que no había pasado por ninguna universidad, resultó que tenía una cabeza privilegiada. Empezó a estudiar las enfermedades de las aves, a escribir libros, a volverse un autodidacta respetado en esa materia.

La fama le llegó sola. Y con la fama, el apodo: el Hombre Pájaro.

Pero aquí viene la puñalada por la espalda, como las que él mismo repartía.

Cuando trasladaron a Stroud a Alcatraz en 1942, no le permitieron tener ni un solo pájaro. Cero. Ni una pluma. El famoso Hombre Pájaro de Alcatraz pasó años en el bloque D, en el hospital de la prisión, bajo un régimen durísimo, sin ver un canario ni en pintura. El propio Servicio de Parques Nacionales lo reconoce hoy: nunca tuvo aves en la isla.

¿Entonces? Entonces el cine nos vendió una mentira hermosa. La realidad fue más fea, más incómoda.

Porque Stroud era dos cosas a la vez, y eso es lo que más molesta: un criminal brutal, capaz de matar a un hombre delante de mil testigos, y también un preso que, entre rejas, desarrolló un conocimiento real sobre los pájaros. Las dos cosas son ciertas. Y las dos cosas duelen.

El cine prefirió suavizarlo. Hicieron una película con Burt Lancaster, lo pintaron como un pobre diablo incomprendido, y la gente salió del cine con lágrimas en los ojos.

Pero la verdad es más áspera, amigo.

Robert Stroud murió en 1963, en el centro médico federal de Springfield, después de más de medio siglo preso. No fue el hombre bueno que inventó Hollywood. Fue algo más difícil de mirar: un asesino violento que, entre rejas, encontró en los pájaros una forma extraña de dejar una huella distinta.

Y esa mezcla, precisamente esa, es la que no nos gusta enfrentar.

Porque es más fácil creer en el Hombre Pájaro de Alcatraz que aceptar que un criminal puede, también, saber algo valioso. O que un sabio puede ser, también, un monstruo.

Pero la vida, a diferencia del cine, nunca ha tenido la obligación de ser coherente.

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