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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- El día antes le dije a mi papá que no iba a votar. No recuerdo en qué fecha ocurrió, pero no se me olvida que andaba por los 25 o 26 años y que vivíamos en el reparto viejo de José Martí. El viejo y yo estábamos tomando café en la sala del apartamento y serían las cuatro de la tarde.

-¿Qué trabajo te cuesta ir a votar, muchacho?

-No quiero hacerlo, viejo. Para empezar, no tengo ni la menor idea de quiénes son los candidatos esos.

-¡Mira que a ti te gusta buscarte problemas!

-¿Problemas por qué? El voto es un derecho, no una obligación. Simplemente no voy a hacer uso de ese derecho.

-Compadre, nos levantamos temprano y en quince minutos votamos y ya. ¡Cojones, no me hagas darte más muela!

-Papi, tú te acuerdas que hace años…

-¡Olvídate del eso ya! Te van a marcar, para que lo sepas.

-¿Marcarme por no ir a votar por una persona que no he visto jamás en mi vida? Bueno, entonces el problema lo tiene el que marca, no yo. Además, marcados estamos todos.

-Hazlo por mi, compadre. Eso se hace en un minuto.

Hacía unos años atrás, -yo había salido recientemente del servicio militar- en una asamblea de rendición de cuentas, el delegado de la circunscripción estuvo leyendo como una hora el informe más aburrido que he escuchado en mi vida. ¡Y mira que he escuchado informes aburridos! Cuando él terminó de leer, las personas comenzaron a plantear todo tipo de problemas: el agua, la corriente, los precios, los oportunistas, el bajón de productos de la canasta básica, incluso, alguno preguntó de qué se hacía la mortadella líquida y los jodedores le respondieron que eso era un secreto de estado. Conclusión, el delegado estaba molestísimo. Y fue ahí que a mi se me ocurrió pedir la palabra para hablar de la situación del transporte local…

-¡Del transporte no me hablen! -Dijo- Aquí todos saben la situación que tiene el país. Así que, por el momento, eso no tiene solución.

-Entonces ¿qué carajos hacemos aquí perdiendo tiempo? -Le dije y me fuí de allí.

Mi papá me dijo mil cosas esa noche. Cosas feas. Cosas que nunca le diré a mis hijos. Y yo le juré que no votaría más, ni pondría un pie nunca más en una asamblea de rendición de cuentas.

El caso es que había pasado un tiempo y mi viejo estaba tratando de que yo lo acompañara a hacer algo simple, algo de un minuto… y finalmente le dije que sí.

Pero como no nací con mucha suerte, en menos de diez minutos se paró frente a nuestro apartamento un señor mayor vestido de verde que, como el uniforme militar le quedaba grande, parecía un papalote.

Llamó a grandes voces a la persona que tenía que ver con todo el protocolo de la votación. Como esa persona vivia en el cuarto o quinto piso, le gritó desde abajo: «Me haces una lista con los nombres y los datos de la gente que no vaya a votar».

Yo salí al balcón de mi casa y le dije al hombre de uniforme, «mira, si quieres apunta mi nombre de primero porque no voy a votar mañana, ni nunca más». Cuando iba a explicarle a mi papá que aquello me parecía un acto intimidatorio, él me puso la mano en el pecho y le dijo al hombre de uniforme, «y el mío también. ¿Nos vas a apuntar ahora?»

Sé que ese día a mi papá se le cayeron las alas del corazón. El hombre, por supuesto, no apuntó nada. Mi viejo votó al otro día bien temprano y yo dormí hasta las once de la mañana. Pero por la tarde, aunque no voté, participé en el escrutinio. Y fue interesante. Definitorio.

Esa anécdota se las contaré mañana. Es una promesa.

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