La soberanía que no quiere mirarse al espejo

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Por Ante Espinosa ()

La Habana.- Hay algo revelador en la forma en que Miguel Díaz-Canel responde cuando le preguntan si estaría dispuesto a dejar el poder para “salvar” a Cuba. No es tanto lo que dice… sino lo que esquiva. Porque mientras habla de soberanía, de independencia y de no someterse a los designios de Estados Unidos, hay una omisión que grita más que cualquier consigna: el pueblo cubano. Ese mismo pueblo que en julio de 2021 salió a la calle a pedir cambios y recibió como respuesta una “orden de combate”.

Ese fue el mismo pueblo que no fue mencionado como interlocutor válido en su argumento, pero sí como escudo retórico. La soberanía no pertenece al gobierno. Pertenece al pueblo. Y el gobernante no es su dueño, solo un administrador a quien se le ha prestado el poder.

Y ahí está el primer quiebre del discurso: se presenta una falsa dicotomía. Como si las exigencias de cambio vinieran exclusivamente de Washington… y no de La Habana, de Santiago, de cada barrio donde la gente ya no aguanta más. Como si el problema fuera externo, cuando la presión es interna, acumulada, sostenida y cada vez más visible.

El gobierno cubano ha perfeccionado el arte de señalar con el dedo hacia el norte para que nadie mire hacia adentro. Pero el malestar no lo inventó la CIA. Lo inventaron las colas, los apagones, la falta de medicinas y la certeza de que tus hijos no tienen futuro en la isla.

La humildad como narrativa

Luego viene la narrativa del origen humilde. “¿Dónde nací? ¿En qué familia?”, pregunta Díaz-Canel. Pero eso no es una credencial política, es una apelación emocional. En ningún sistema moderno se elige a un gobernante por su cuna, sino por su capacidad. Y en el caso cubano, hay una condición que sí pesa más que cualquier origen: la militancia en el Partido Comunista. Ahí no hay diversidad política, hay un filtro ideológico. Nacer en una familia trabajadora no te hace buen presidente. Gobernar para esa familia, sí. Y de eso, lamentablemente, no hay pruebas.

Cuando se habla del sistema electoral, el discurso intenta vestir de “participación popular” lo que en la práctica es un mecanismo cerrado. Una Asamblea Nacional compuesta casi en su totalidad por miembros del mismo partido no representa pluralidad, representa alineación. Y si ese mismo partido es, por Constitución, la “fuerza dirigente superior de la sociedad”, entonces no hay misterio: el poder no rota, se reproduce.

No hay alternativas porque no están permitidas. No hay competencia porque está prohibida. Llamar a eso democracia es como llamar océano a un charco.

¿Cómo el pueblo pide tu cambio?

La frase clave llega cuando afirma: “Si el pueblo entiende que soy incapaz… ese es el que tiene que decir si debo estar en la dirección”. Pero aquí la pregunta es inevitable: ¿cómo lo dice el pueblo? ¿En qué mecanismo real, libre y competitivo puede expresarlo?

La respuesta es un sistema sin alternativas políticas reales, sin plebiscitos vinculantes, sin prensa independiente que fiscalice… entonces esa afirmación no es una apertura, es una ilusión. Y una ilusión, dicho sea de paso, que ya conocemos. Llevamos seis décadas escuchando versiones parecidas.

Al final, lo que queda claro no es una defensa sólida del sistema, sino una defensa cerrada del poder. Una narrativa que gira en círculos, que responde sin responder, que invoca al pueblo… pero no lo escucha. Porque los cambios no los está pidiendo un gobierno extranjero. Los están pidiendo los jóvenes cubanos. Los que protestan, los que crean contenido crítico, los que cuestionan, los que terminan presos por hacerlo.

Ellos también son pueblo. Y su voz también es soberanía. El verdadero problema no es que el sistema no quiera cambiar. Es que no quiere permitir que el pueblo lo cambie. Y esa, amigo mío, es la dictadura del que se niega a mirarse al espejo.

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