Por Gustavo Borges ()
Ciudad México.- Me faltaban unos días para cumplir 31 años la primera vez de mi vida que me trataron de usted. Lo hicieron Danny Miranda, Michel Enríquez, Jonder Martínez, Norberto González y los demás de la pandilla de niños con los que compartí un par de semanas en el Mundial de béisbol sub-16 de Mazatlán, en el que Cuba ganó invicto en 1994.
Fue, quizás, mi cobertura más humana en más de 40 años en el periodismo porque varios de aquellos chicos que 10 años después fueron campeones olímpicos me tomaron de confesor cuando el manager Miguel Borroto los envió a la banca o tuvieron alguna duda en su primera experiencia fuera de la isla.
El 30 de agosto, día de la semifinal, Joder Martínez me dijo que me iba a regalar la victoria en el día de mi cumpleaños. No tenía ni barba, pero ya tiraba durísimo y sabía mover la bola, suficiente para dejar en cero con solo tres hits permitidos a los asiáticos. «Ahí está el regalo», me dijo después del juego y esa noche yo sentí que cumplí mi sueño de cuando estaba en segundo grado en la escuela Mariana Grajales: ser parte de un equipo Cuba de pelota.
El catcher Danny Miranda, que años después se movió a primera base, fue de los más entrañables. Curioso, me preguntaba cómo hacía yo para mandar las noticias de los juegos a Cuba y donde las publicaban. Triste, me confesó su pena cuando Borroto lo sustituyó en la receptoría por William Pons; feliz, me dio gracias por algún consejo, cuando recuperó el puesto.
Aquel adolescente creció, llegó a campeón olímpico, envejeció, se retiró y se hizo manager ganador. Nunca más lo vi ni a el ni a los demás. Tampoco hizo falta porque los miembros de aquella banda jamás dejaron de ser para mí unos niños acabados de salir del cascarón a los que quise como sobrinos por dos semanas.
De los muertos debemos aprender la ausencia de egoísmo. Niño de 16 años, ayúdame con eso. Ahora me toca tratarte de usted, oír tus consejos de muerto saludable, inocente, tal vez pícaro como aquel chama avileño de risa discreta en mi mesa a la hora del desayuno, la mañana cuando el primera base Maikel Quintero leyó en voz alta las noticias de los peloteros de Grandes Ligas en el diario Noroeste y el entrenador de pitcheo del equipo, Roberto Ramos, le reclamó: «Habanero, Eso no es para ti».
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