Por Yeison Derulo
La Habana.- Lo que pasó este sábado en México no fue una derrota, fue una falta de respeto con todas las letras. Los Diablos Rojos de México no le ganaron a los Cocodrilos de Matanzas; los desnudaron en público, les pasaron por arriba y después, por si quedaba alguna duda, les recordaron dónde está parado hoy el béisbol cubano. Ese 36×13 no es un marcador, es una radiografía. Duele, sí, duele, más porque no es casualidad, es costumbre.
Veintinueve imparables conectaron los mexicanos. Veintinueve. Eso no pasa ni en un juego de manigua entre socios con ron barato de premio. Mientras tanto, Matanzas intentando sobrevivir con catorce hits que no alcanzaban ni para maquillar el desastre. Edgar Navarro se llevó la victoria sin sudar demasiado, y Shaiel Cruz cargó con una derrota que, más que personal, es el reflejo de un sistema que hace rato dejó de producir peloteros para producir excusas.
Los dirigidos por Armando Ferrer terminaron cuartos, superando apenas a CTBC Brothers. Es decir, celebrando que no fueron los peores. Esa es la nueva vara del béisbol cubano: no hacer el ridículo absoluto. Hace años, hablar de Cuba en un torneo internacional era hablar de respeto, de historia, de talento. Hoy es hablar de goleadas, de errores infantiles y de equipos que salen al terreno a ver qué pasa.
Entonces aparece el discurso de siempre, ese que intenta vendernos que esto es un bache, que se está trabajando, que el talento está ahí. Mentira. Aquí lo que hay es un descenso sostenido, torneo tras torneo, golpe tras golpe. El mundo avanzó, se profesionalizó, invirtió, y Cuba se quedó atrapada en la misma muela de hace treinta años, creyendo que la camiseta gana juegos. No gana. Nunca ganó. Ganaban los peloteros, que ya no están.
Lo peor es lo que viene. Se asoman los Juegos Centroamericanos y del Caribe y uno no puede evitar pensar en otro papelazo. Cuando te meten 36 carreras en un torneo, no es un accidente: es una advertencia.
El béisbol cubano hoy no impone respeto, provoca risa. Y lo más triste de todo es que allá arriba parecen no darse cuenta… o, peor aún, sí se dan cuenta y no saben qué hacer. Así, entre la ceguera y la incapacidad, seguimos cayendo. Siempre un poquito más abajo.



