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Por Oscar Durán
La Habana.- No jueguen con Donald Trump. La frase no es un eslogan vacío, es una advertencia que viene cargada de antecedentes. Este viernes, mientras el presidente estadounidense y su secretario de Estado Marco Rubio se trasladan rumbo a Mar-a-Lago, más de uno en La Habana debería estar mirando el cielo con cierta inquietud.
En la política de Trump, los movimientos aparentemente rutinarios rara vez lo son. Y cuando se trata de Cuba, el tono ya dejó de ser diplomático para convertirse en algo mucho más directo.
No es paranoia. Es historial. La última vez que ese binomio aterrizó un viernes por la noche en Mar-a-Lago, el desenlace fue cualquier cosa menos protocolar. Operaciones de alto impacto, decisiones rápidas y una narrativa de fuerza que terminó marcando la agenda internacional. Ese lugar, que muchos ven como un club de lujo, se ha convertido en una extensión del poder real. Allí no se debate: se decide. Y cuando Trump decide, lo ha dejado claro, ejecuta.
El contexto actual no ayuda a los que prefieren minimizar la situación. Hace apenas días, el propio Trump dejó caer que Estados Unidos “hará algo pronto” con Cuba . No fue una frase al aire. Viene acompañada de una presión creciente, de declaraciones donde asegura que puede hacer “lo que quiera” con una isla debilitada . Y al otro lado, un gobierno cubano que responde con consignas de resistencia, como si estuviera en los años 60, sin entender que el tablero cambió hace rato.
Aquí es donde la lectura se vuelve incómoda. Si en La Habana se habla de “resistencia inexpugnable”, en Washington se habla de cambio de régimen, de transición, de medidas concretas. Miguel Díaz-Canel lanza advertencias, pero Rubio responde que las reformas en Cuba “no son suficientes” y que hace falta un cambio profundo . Son dos idiomas distintos: uno anclado en la retórica, otro enfocado en la acción.
Por eso, cuando Trump y Rubio vuelan juntos a Mar-a-Lago un viernes por la noche, no es un detalle menor. Es una señal. Una de esas que no salen en los comunicados oficiales, pero que todo el mundo entiende. En esa casa club, la política exterior estadounidense no se discute en abstracto; se cocina con urgencia y se sirve sin anestesia.
Si alguien en el poder cubano todavía cree que esto es parte del mismo juego de siempre, puede que esté cometiendo el error más caro de todos: subestimar a un tipo que ya demostró que no juega.