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Por Yeison Derulo
La Habana.- Donald Trump tiene a Cuba en el tablero geopolítico, pero no precisamente como un actor, sino como una pieza. El posible acuerdo económico que su administración estaría preparando, según USA Today, no se presenta como una negociación entre iguales. En cambio, se interpreta como una maniobra estratégica para reorganizar el poder en el hemisferio occidental.
El planteamiento recuerda inevitablemente al deshielo impulsado por la administración de Barack Obama, aunque con un tono mucho más agresivo. Mientras Obama apostó por el acercamiento diplomático como vía para transformar la relación bilateral, Trump parece apostar por una presión previa —económica, política e incluso militar en el entorno regional— para forzar concesiones desde La Habana. Por eso, el mensaje es claro: primero demostrar fuerza, después negociar.
Uno de los elementos más llamativos del posible acuerdo es la idea de una “salida” para Miguel Díaz-Canel y la permanencia de la familia Castro en la isla. Ese detalle revela hasta qué punto las conversaciones, de ser reales, estarían enfocadas en rediseñar el poder interno en Cuba más que en mejorar la vida de los ciudadanos. No se habla de reformas políticas, ni de elecciones, ni de libertades civiles. Sólo se habla de puertos, energía, turismo y sanciones; es decir, de intereses estratégicos.
También resulta significativo que la información no deje claro qué obtendría Estados Unidos a cambio del acuerdo. Si algo ha demostrado la política exterior de Trump es que rara vez entra en una negociación sin buscar una ventaja tangible. Por eso, el silencio sobre ese punto abre muchas preguntas: ¿acceso económico?, ¿influencia en infraestructuras clave?, ¿un reposicionamiento político de Washington dentro de la isla?
En cualquier caso, el debate sobre Cuba vuelve a moverse entre dos polos que han marcado su historia reciente: la presión externa y la resistencia interna del régimen. Si este supuesto acuerdo llega a concretarse, no significará necesariamente el fin del sistema político cubano. Sin embargo, sí podría marcar una nueva etapa en la larga disputa entre La Habana y Washington. Una disputa donde, como casi siempre, los grandes protagonistas no son los ciudadanos de a pie, sino los intereses del poder.