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Trece años after Chávez

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Por Oscar Durán

La Habana.- Se cumplen trece años de la muerte de Hugo Chávez, aquel líder que gobernó Venezuela entre 1999 y 2013 y que falleció el 5 de marzo de ese último año tras una larga lucha contra el cáncer. Trece años después, lo curioso no es que el chavismo siga siendo recordado por sus seguidores. En cambio, el país que lo vio nacer parece haber pasado página con más rapidez que aquellos que lo utilizaron como bandera ideológica.

En Venezuela, la vida política se ha vuelto otra cosa. Mientras tanto, en Cuba el nombre de Chávez todavía se invoca como si fuera un santo revolucionario que pudiera obrar milagros sobre una economía que hace rato dejó de funcionar.

La paradoja es evidente. Mientras el chavismo fue durante años una especie de respirador artificial para el régimen cubano —petróleo barato, dinero fácil y discursos compartidos— hoy la realidad es otra. Venezuela atraviesa una etapa convulsa, con un movimiento político debilitado y cuestionado incluso dentro de sus propias filas. Esto ocurre tras décadas de crisis económica, represión y colapso institucional.

La llamada revolución bolivariana, que prometía justicia social y soberanía continental, terminó convertida en un experimento que dejó millones de emigrantes y un país devastado.

En Cuba, sin embargo, el mito sigue siendo útil. Hoy Pedro Jorge Velázquez, El Necio, le dedicó un llantén con pañuelito incluido: «Ojalá Venezuela nunca se olvide de todo lo que hiciste: es preferible la amenaza, es preferible ser atacado, es preferible morir, antes que humillarse ante el imperio al que siempre mandaste al carajo. El gran temor de América Latina es que los hijos que adoptaron tu nombre, los que dijeron ser Chávez, se hayan olvidado de ti. Te quiero mucho, Comandante.»

El Necio tiene claro que cuando un sistema político pierde legitimidad y resultados, necesita héroes muertos para justificar su existencia. Chávez es uno de esos símbolos. No importa que Venezuela haya cambiado o que su modelo esté agotado; lo que importa es mantener viva la narrativa épica. El castrismo lleva décadas perfeccionando esa estrategia: convertir la nostalgia en política y la propaganda en historia.

Pero la realidad suele ser más terca que los discursos. El chavismo sin Chávez nunca fue lo mismo. Aquel liderazgo carismático que sostenía el movimiento desapareció con él. Lo que quedó fue una maquinaria política sin el magnetismo ni la cohesión que tenía su fundador.

Los sucesores intentaron conservar el relato revolucionario. Sin embargo, en la práctica lo que se ha visto es una estructura que sobrevive por inercia, por control institucional y por la incapacidad de cerrar definitivamente una etapa.

Quizás por eso hoy ocurre algo curioso: el chavismo parece más un recuerdo ideológico que un proyecto político real. En Venezuela se discute cómo salir de la crisis; en Cuba se insiste en mantener vivo el fantasma de una revolución que ya no existe.

El problema es que los muertos pueden servir para los discursos, pero no para gobernar países. Y cuando una idea necesita resucitar constantemente a sus líderes para justificar su presente, lo más probable es que haya dejado de tener futuro hace mucho tiempo.

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