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«El Che fracasó en la economía, en la política y en su intento de moldear al hombre: Donde prometió redención, dejó ruina.»
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Aclarando las cosas: Todo un mito, nada de verdad. Fue un fracaso en todo. [!!]
La imagen de Ernesto Che Guevara ha sido convertida en ícono global de rebeldía. Sin embargo, cuando se examinan sus escritos y su actuación concreta, la épica se disuelve y aparece una figura muy distinta: no la de un pensador profundo ni la de un estadista lúcido, sino la de un ideólogo dominado por el voluntarismo y la retórica.
En La guerra de guerrillas, su teoría del foco parte de una premisa simplista: un pequeño grupo armado puede generar las condiciones revolucionarias aun donde no existen. No hay en ese planteamiento un análisis estructural serio de correlaciones de fuerzas, cultura política o tejido social.
Historiadores como Matt D. Childs han señalado que el foquismo no constituyó un cuerpo doctrinal coherente, sino una construcción circunstancial elevada luego a dogma. Comparado con la estrategia prolongada de Mao Zedong, el esquema guevarista revela su debilidad conceptual. Bolivia no fue un accidente: fue la demostración empírica de que la teoría carecía de sustento real.
En el plano económico y social, el problema fue aún más profundo. En El socialismo y el hombre en Cuba, Guevara propuso sustituir los incentivos materiales por “incentivos morales”, convencido de que la conciencia revolucionaria bastaría para sostener la productividad. Esta postura no solo ignoraba la experiencia histórica, sino que evidenciaba un desconocimiento esencial de la naturaleza humana. Durante el llamado Gran Debate cubano, figuras como Carlos Rafael Rodríguez cuestionaron la viabilidad de ese enfoque, mientras intelectuales marxistas como Charles Bettelheim advirtieron que abolir los mecanismos materiales sin un sistema funcional conducía a la ineficiencia.
Las dos grandes tareas que se le asignaron —como ministro de Industria y al frente del Banco Nacional de Cuba— demostraron su franca debilidad como hombre de ideas. Crear no era tan fácil como disparar y matar. Allí donde debía organizar, planificar y producir, predominó la improvisación. Este mito, sometido a la prueba de la gestión real, fue un fracaso total.
Lo que emerge de sus textos no es un sistema sólido de pensamiento, sino un conjunto de afirmaciones ideológicas revestidas de fervor. No hay en ellos una teoría económica estructurada ni una estrategia militar universalmente aplicable; hay consignas elevadas a doctrina. La insistencia en el “hombre nuevo” y en la primacía de la voluntad sobre la realidad terminó siendo más un acto de fe que un análisis científico.
Despojado del mito, el balance es severo: no se advierte una obra teórica de profundidad duradera, sino una producción marcada por errores conceptuales, simplificaciones y panfleto político. Su figura sobrevivió gracias a la imagen romántica del guerrillero caído; sus ideas, en cambio, no resistieron la prueba de la realidad. Allí donde proclamó fórmulas universales, los hechos mostraron límites evidentes. El símbolo permanece. La consistencia intelectual, en cambio, nunca llegó a consolidarse.
En suma, no fue un pensador atinado, sino un curandero sin cura. Esta es la cruda verdad.