Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Ha llegado la hora porque el régimen ya no tiene red de seguridad. Se han roto, una tras otra, las cuerdas que durante años amortiguaron su desastre. La Unión Europea, cansada de fingir diálogo con una cúpula que jamás cumplió compromisos mínimos en derechos humanos, ha comenzado a tomar distancia real.
El llamado Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación ha quedado reducido a un cascarón vacío: Bruselas ya no está dispuesta a seguir financiando una farsa.
Ha llegado la hora porque Rusia —agotada, empantanada en su propia guerra y asfixiada por sanciones— ya no puede sostener a nadie más. Cuba ha dejado de ser una prioridad estratégica y ha pasado a ser una carga incómoda. Las visitas protocolarias no llenan tanques, no encienden termoeléctricas, no alimentan al pueblo. Moscú hoy apenas puede salvarse a sí misma.
Ha llegado la hora porque México, pese a su retórica ambigua, ha comenzado a fallar como proveedor y sostén. La presión directa de Estados Unidos ha surtido efecto: no hay margen para seguir regalando petróleo, ni créditos blandos, ni oxígeno diplomático a una dictadura moribunda. La ideología no bombea combustible; la economía real impone límites.
Ha llegado la hora porque el mito del “bloqueo” se ha derrumbado ante los hechos. Durante décadas, Estados Unidos fue —paradójicamente— uno de los principales proveedores de alimentos para Cuba. Ahora, cuando se estudian y aplican medidas verdaderamente severas sobre energía, finanzas y logística internacional, el régimen descubre lo que siempre negó: que no sabía producir, que no sabía administrar, que solo sabía reprimir.
Como advirtió Octavio Paz: “Las ideologías sirven para justificar la tiranía, no para alimentar a los pueblos”. Cuba es hoy la prueba viviente de esa verdad.
Ha llegado la hora porque ya no hay relato que tape el hambre, ni consigna que apague los apagones, ni represión suficiente para contener una sociedad exhausta. El colapso no es una amenaza externa: es una consecuencia interna, lógica, matemática, inevitable.
Por eso, la disyuntiva es clara y terminal: o abren el juego —mercado libre, propiedad privada, Estado de derecho, inversión real— o se van.
No hay tercera vía. No hay socialismo reformable. Ya no hay tiempo.